
Justo cuando recordaba los espasmos pélvicos sufridos a cuatro patas durante la madrugada anterior, sentí la necesidad de asomarme discretamente por la raja del biombo que separaba los hombres de las mujeres que tomaban café en la barra, a fin de intentar ver los señores que salían del aseo y así poder diferenciar el origen de la humedad en la delantera de sus pantalones, algo más delatador si cabe que la oscilación pupilar o el pasajero temblor de sus manos al mover el azucarillo disuelto en la taza de café.
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