
Esa tarde justo al salir de la Librería Metrópolis Mc Alsen advirtió que la calle Cerón se ensanchaba hacia lo largo más de la cuenta pareciéndole igual y lógicamente que tendría que caminar más que otras veces para conseguir llegar hasta la Colombia 50 y saborear como tenía de acostumbrado su mejor café, aunque eso fue sólo un mero parecer, en esta calle histórica de Jaén todo parecía estar en su lugar como siempre sin variaciones ni alteraciones visibles a primera vista.
Pocos metros separaban en el mismo caso la librería de la cafetería, poco menos de un minuto solía tardar en realizar el mismo recorrido. Daniel Sada, su obra completa ya la tenía encargada para él solo, nadie más podía leerla o solicitarla exceptuando “Casi nunca” que había obtenido una inmerecida fama al haber conseguido ser la ganadora de un mal llamado premio herralde de novela. Se había propuesto no entrar en los aseos del café, se había autopropuesto leer en las mesas de la terraza la prensa o cualquier otra obra barata y sin sustancia de cualquier pésima editorial novicia de esas que empiezan y que luego no saben ni cómo ni por dónde seguir y que luego quiere elevar a los altares en su blog.
Por eso siempre llevaba un ejemplar de Alberto Olmos en el bolsillo, cuando llegase a la Colombia 50 se sentaría a repasarlo y subrayarlo y pobre de aquel al que se le ocurriese leer algo en la terraza, la prensa y nada más, nunca jamás un libro, su mayor enemigo de entre los lectores de su círculo quería seguir promocionando la lectura por las calle, plazas, parques y barrios de Jaén, y él estaba ahí para impedirlo.
El camino se le estaba haciendo más pesado que otras veces, no lograba entender cómo en menos de un minuto de tiempo aparente había girado más de media docena de vueltas el segundero de su reloj, optando por detenerse y mirar hacia atrás logrando ver la librería Metrópolis que seguía en el mismo sitio de todos los días, cambiando a continuación la posición de su torso a la posición normal de hacia delante consiguiendo ver que la esquina de la calle Cerón con la plaza de San Francisco lugar de ubicación de la Colombiana que seguía también en el mismo lugar y a la misma distancia.
Decidió volver a consultar su reloj y seguir andando para comprobar lo que ocurría, si siempre realizaba el recorrido en un minuto o incluso menos, no podía ser que las manecillas del reloj hubiesen adelantado más de la cuenta, los relojes a veces se adelantan o atrasan, pero no realizan en la esfera más recorrido de lo que es normal y corriente tal y como conocemos todos lo que es el adelantarse o atrasarse un reloj, y así sin dejar de contemplarlo se dio cuenta de que cuanto más pasos daba menos le parecía avanzar pareciéndole igualmente que se movía más rápido también el minutero, manecilla que siempre solemos verla detenida aunque se mueva y tengamos que estar muy atentos forzando la vista para percibir su lento discurrir circular por la esfera del reloj. Se puso a andar más rápido, casi al trote, y el segundero empezó a girar tan rápido que ya ni lo veía, notando a su vez que el minutero giraba cada vez a mayor velocidad, pero por más que corría el reloj y habiéndose opuesto a correr más nunca lograba acercarse a la esquina de la cafetería pero eso sí, pareciéndole oler cada vez más el exquisito café colombiano.
El tiempo pasaba más deprisa, cada vez olía más cerca la Colombia 50 por el aroma del café que impregnaba toda la atmósfera de su alrededor en la calle Cerón, pero por más que caminaba despacio o deprisa no lograba verla, aunque de pronto le pareció oír a las camareras sugerir a los clientes de la terraza que optaran por uno u otro café. Preguntando incluso una de ellas por la calidad del libro que tenía entre manos.
Mc Alsen al escuchar esto último no pudo más al enterarse que alguien leía en la cafetería y no conseguía recorrer el camino completo, alguien estaba leyendo en las mesas y al mirar el reloj este no se paraba por lo que con suma decisión decidió quitárselo de la muñeca y estamparlo contra los bellos azulejos de la calle viendo con sus ojos como todos y cada uno de sus componentes saltaban en mil pedazos decidiendo en el último momento retroceder sobre sus mismos pasos y comprobar al entrar de nuevo en la librería Metrópolis que lo que en el día de ayer eran cuatro chominás escritas en Internet se habían transformado en lustradas publicaciones algunas de ellas premiadas con algunos premios de esos anuales que concedían antiguamente algunas editoriales al estilo Herralde en Anagrama, Alfaguara o Planeta antes de que fuesen a parar al olvido, convirtiéndose de repente con el reloj y sus piezas como el minutero y el segundero hechos trizas en los viejos azulejos de la calle Cerón en un escritor de éxito después de haber abierto y cerrado cientos de blogs y empezar a codearse articulística y literariamente con Joyce, Faulkner, Hesse y Mann.
2 comentarios:
A veces, el espacio se hace angustioso tiempo futuro.
Bueno, algunos ni eso... Sera por el ruido de las campanas...!
Abrazos.
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