
Llevo varios días sin salir de la residencia, las agujetas no me dejan andar, en qué mala hora me dieron permiso como terapia imagino para que pudiese correr la carrera de la integración, las jornadas sin salir se me hacen más odiosas de la cuenta y me acuerdo de aquellos años de estancia en el viejo hospital de Cástulo donde los interminables días allí ingresado podían ser suplidos por pequeños paseos por el patio o claustro, o cuando el rancho no era de mi agrado realizar salidas al Restaurante del Corte Inglés donde preparaban un ajo blanco exquisito al paladar, una de las religiosas del hospital quería saber la receta de ese ajo blanco invitándome y cumpliendo por mi parte el pedirle la receta al camarero que a su vez se la solicitó al jefe de cocina, nunca obtuve respuesta, a partir de ahí los silencios de los camareros cuando seguía acudiendo al restaurante eran muy sospechosos, yo pensaba que ellos pensaban de mí que era el cliente raro o alineado que se sentaba a comer y quería saber las recetas de la comida que elegía en la carta. Total, que ante esa atmósfera extraña que yo mismo creé pensé que no debía seguir comiendo en el lugar y volver a mi habitación del viejo hospital sin fiarme de cualquier cosa que en adelante me diesen de comer que pudiese estar envenenada al no conseguir aquella solicitud propuesta.
4 comentarios:
Espero que estes bien y que solo sea una narración, estupenda, por cierto.
Un abrazo.
Pues para no salir de la residencia, la narración, se sale.
Los empleados de El Corte -de mangas- Inglés son demasiado quisquillosos. Los camareros, parecen de ajo blanco.
Salud.
vaya, usted es aficionado, como yo, a correrse en los centros comerciales, seguros o no...
un saludo
y todo con el sabor del ajo blanco
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