EL PERMISO




Conseguí desplazarme a Jaén a un importante acto gracias al permiso de salida que me tramitó una de mis cuidadoras que también profesaba el buen vicio de correr por las tardes por las ruinosas y abandonadas naves industriales de Cástulo que otrora formaron en conjunto un polígono industrial junto a la vieja carretera que por entonces salía de la ciudad, me ponía más tontón imaginarla corriendo en solitario que imaginar el tanga de sus compañeras asomando ligeramente entre el vaquero y la camiseta, maldiciendo la casi transparente bata blanca que no me dejaba ver nada. Nunca pude salir a correr con ella, ni ella misma, ni las otras, ni la dirección del hospital me daban permiso para salir a correr solo o acompañado por la ciudad, aunque sí me lo concedían y de forma célere y sin problemas si era para salir de la ciudad, ¿era un paciente molesto?, ahora con el paso del tiempo y con el alta médica que por cierto me duró poco empiezo a pensar que sí.
Al llegar a Jaén conseguí habitación en la Colombia 50, me sentí dichoso al poder alojarme en el mismo local que al día siguiente por la tarde se celebraba un acto literario sobre temas como escatología, declamación y edición literaria organizado por Sir Alsen Bert el cual no me había invitado y por supuesto tampoco iba a ser bien recibido, todos los enteradillos de literatura de la ciudad iba a hacer cola a fin de conseguir la mejor mesa o sitio para escuchar las buenas palabritas del orador.
Me echo sobre la cama, pero no para dormir ni para follar, abro la primera página de Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, de Daniel Sada, leo el comienzo “Llegaron los cadáveres a las tres de la tarde. En una camioneta los trajeron –en mesa, al descubierto- y todos balaceados como era de esperarse”. Salomón y Papías se habían escapado por pasiones políticas tras escupirle al rostro de su padre, novela dura y fuerte cuyo título parece un sector de mis recuerdos, tengo que seguir leyendo a ver si son ellos los que vienen en la camioneta de cadáveres o son unos ladrones de urnas con votos en plenas elecciones. Me quedo dormido con la lectura, el murmullo de los espectadores de la atracción literaria me despierta, me asomo por la ventana del café y los veo a todos impacientes a la espera de Sir Alsen Bert, una llamada interior con voz fémina de invita a solicitar algún servicio más o si quiero que me preparen un café, le digo a la amable voz que sí que con leche y con azúcar moreno.
Cuando dejo la habitación y bajo a la cafetería veo a los asistentes con ansia de espectáculo literario sentados y casi en silencio a la espera del conferenciante que al girarme lo encuentro apoyado en la barra, me ve, yo no quería verlo, dice que le he robado no sé qué, no quiero problemas y más estando de permiso, tengo miedo de buscarme algún lío y que no vuelvan a concederme más permisos de salida, veo como se bebe mi café, me autoconfirmo a mí mismo de que en efecto no soy bienvenido, no me dice nada aunque me sigue mirando con cara de Aznar, yo también lo miro sin abrir la boca y pensando en regresar a Cástulo. Debo abandonar la Colombia 50 y regresar a por la puerta de atrás y sin despedidas, sin saludos, sin paripés gastronómicos, recordando sus viejos deseos que me colocaron en esta absurda situación casi pidiendo perdón a terceros que fueron testigos mudos, coadyuvantes y partícipes en el inmerso e inmenso olvido del que iba a ser víctima, veo desde la celda del patio una cuidadora con la gobernanta que vienen las dos hacia mí con la irreconocible y casi transparente bata blanca, la cuidadora lleva en las manos una bandeja que contiene un vaso de agua, y no sé si algo más.

3 comentarios:

Pedro Ojeda Escudero. dijo...

Qué miedo da una mirada con cara de Aznar...

Cornelivs dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Cornelivs dijo...

Jaj, que bueno... a mi más que miedo me dá panico, y acidez de estómago.

Un abrazo.