XXVAl entrar en el bar de la estación de Genavé estaba por fin ella, mucho tiempo buscándola en sus pensamientos y fuera de éstos desde que creyó perderla en aquel viaje que para muchos no existió pero que su propia cabezonería ante todas las situaciones de la vida le hacía ver que sí, que había vista hacía algunos días una muchacha cargada con muchos libros que tenía cara y aspecto de dirigirse hacia la ciudad de Granada.
Siempre era así, si ella la vio la vio, si en sus pensamientos se le metía alguien no lograba sacarlo tan fácilmente, ya fuese un amigo del hospital o un pequeño doctor de la ley que habitaba en una cercana plaza, siendo el peor veneno que sus huecos no fuesen cubiertos antes sus displicentes, ocultos, pero expresados a su vez silenciosos deseos. Todo eso importaba poco, había caminado muchas horas a pie por la inexistente y llena de polvo vía del tren desde Bienservida y ahora en esta estación de Genavé que también se encontraba esperando un tren que nunca llegó siendo ahora ella la eterna viajera solitaria, ocurría al contrario que en las otras abandonadas estaciones del absurdo recorrido que se encontraban por lo general vacías y abandonadas asomando ésta bajo una determinada animación propiciada por el buen ambiente de lectura que la muchacha de los libros con aspecto de esperar a la pasajera sin tren le estaba recibiendo y contagiando a su vez a otros lectores solitarios y silenciosos que tenían más aspecto de viajar hacia un destino inexistente como el ferrocarril que nunca venía que leer libros, pareciendo todo una interpretación más de una situación extraña por las que pasaba la chica de la playa durante todo el camino.
-Me imagino que ya estás más animada, ya desapareció por fin de tu vida.
-No ha desaparecido, está relatando lo ocurrido, quiere publicar un libro sobre todo lo que aconteció.
La chica con aspecto de lorquiana no tuvo más remedio que confirmárselo. Tantos días con él, tantas veces no queriendo escuchar y aparentando prestarle atención cuando no era cierto, por entonces y a pesar de los años pasados, era a ella a la que tenía que creer, era ella con la que quería pasar aquellos meses en el hospital, el escritor tenía que desaparecer a otras dependencias hospitalarias, hubiese sido bueno para todos, pero no hubo forma, también su cabezonería era maldita e infinita, fuera de serie, no hubo manera siquiera de prepararle el camino del cambio. Él siempre con su lectura, a veces pensó que una simple frase de Borges le abrió el borrador de toda su futura escribienda.
-Le gusta demasiado la lectura y la literatura, todo lo acontecido durante aquellos años fue su lectura de cabecera, ahora es un boceto que estoy segura que antes o después enviará a cualquier comisión de lectura para su aprobación, lo conozco y lo conoces lo suficiente. No fuiste capaz de reparar lo que según tú era irreparable, nuestros cafés no sirvieron para nada, el no querer oírle a veces y tener que hacerlo sólo de compromiso me hacía ver que no frenaba nada.
-Echó a perder todo cuando dijo lo que dijo en aquella comida al estilo mallorquín.
-No estuve en aquella comida, pero lo que le prometió contar el día de mañana a la doña alpujarreña no se refería al asunto del ridículo callejero o mala vida que tú le contabas que sufrían aquellos amigos tuyos.
-Ahora ya da igual, ahora ya no está, creo que lo más importante es que lo hemos olvidado, pero su lectura está ahí, estoy segura que acabaremos leyendo su libro, puede que el día que lo leamos nos demos cuenta unos y otros de lo que pudimos haber hecho o no hecho. Mi odio fue tremendo e incontrolable, pocas veces se pueden sentir tanto amor y odio a la vez, sólo yo sé y algo también él hasta dónde hubiese sido capaz de llegar.
-Sabes que no fue del todo, recuerda casi lo que me dijiste entre líneas en aquel café.
-Sé también que se lo contaste, fue la única manera como de confirmárselo cuando le contaste que nunca sabría la verdad.
-En efecto, en la negada negación estaba la afirmación y él me la cogió al vuelo.
Cuando Lorquiana se levantó, los pasajeros lectores iban recogiendo sus maletas como preparándose para subir al tren que apareció de repente con el mismo aspecto con el que recorrió el trayecto entre Albacete y Alcaraz, no sabía si subir, no sabía si su destino era Cástulo, ciudad de la que nunca tuvo que haber salido en busca de esa lejana playa para encontrarse desnuda con él, el maleficio seguía una vez más, pero de momento decidió subir al tren, daba igual el destino, un tren que a veces no existe y a veces hay que montarse en él y sentir su traqueteo sin importar ninguna de las consecuencias.
Volvió a quedarse sola, vivió una especia de soledad acompañada, una forma de ver cómo se sintió el escritor cuando iba proyectando su obra durante aquel largo tiempo que estuvo alojado como huésped en el viejo hospital y acabó con la vida sin sobresaltos que había llevado durante tantos años desde que en el remoto pasado pensara en un incierto futuro muchas noches en el asiento del copiloto de aquel viejo Seat Ibiza.
El tren arrancó, un señor disfrazado de revisor anunció las próximas paradas en Puente de Génave y Arroyo del Ojanco. Se quedó pensando que estaba preparada para soportar la plenitud divina sólo un tiempo y que después soñar cosas posibles o imposibles era el resto de su vida.