
Lo más importante era sobrevivir en el sanatorio mental de Cástulo, pero con cada vez menos contactos era difícil, algunos pocos me sacaban a paseo a una cafetería que me hacía considerar que el aceite y el café podían ser tu único aliciente de los eternos y reiterativos días, al igual que las carcajadas de otros parroquianos por mi absurda manía de buscador de objetos y malgastador del tiempo en cosas sin beneficio, no, no quiero salirme del tema, pero Cástulo era y es una ciudad rica, de gente bien y muchos no se soportaban, la más insoportable que le gustaba que le riesen las gracias era la que menos me aguantaba, la recuerdo por su andar en diagonal muchas veces en las proximidades de mi estancia si tomamos el lugar como un cuadrado, la más cachonda aunque su mejor amiga fuese soltando una y otra vez a la luz pública sus trapos sucios. Venía con algún libro para las horas de mejora, una libreta cuadriculada y a escribir, a escribir antes de que me viniese otra vez de repente los temblores y tuvieran que atarme de nueva a la cama sin derecho a cambiarme de calzoncillos con el fin de que pudiese ahogarme en mi propio hedor.
Hoy después de tantos y tantos años siguen esperando mi libro, no soportaron leer sólo el borrador, quieren la historia entera, no sólo hechos sino también lo que pienso, mi reflexión, el negativo fotográfico incluso, el cómo salí vivo de las tinieblas recuperando la identidad completamente repuesto gracias a esos cuidados médicos complementarios y en silencio el hospital.
2 comentarios:
Me trajiste a la mente a Foucault; también hay un cuento del Nobel García Márquez de gran calidad y referente a la razón de la sinrazón (Y/o viceversa, por qué no...). Se llama "Sólo vine a hablar por teléfono"
Te paso el link:
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/ggm/solovine.htm
Saludos Jesús;
Aquileana
>>///>>>
Algo extremadamente triste. Así suelen ser las enfermedades mentales. Y nadie estamos libres.
Saludos cordiales
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