Esa tarde corría por Bernabé Soriano con vistas a alcanzar la Plaza de las Palmeras antes que le diesen la salida al último tranvía que le llevaría de regreso al hogar donde encendería el ordenador entrando en el correo electrónico o en su blog buscando sus últimos poemas o autorretratos con el objeto de inspirarse y recordar del olvido con su peculiar retórica sus interminables días de silencio con ella en aquellas cuatro paredes del hospital de Cástulo. No sabía que la realidad se le iba a adelantar a la virtual, la pasajera del tranvía ahí lo esperaba, había pasado unos días en Híspalis en un acto multitudinario, estaría henchida de personas, frases y dichos, quería hablar con ella, decirle que la situación de entrar todos los días en la red para saber de ella era insostenible, un muchacho estaba con ella, tenía rostro de músico de viento y apariencia física formal de militar en alguna formación política o sindicato, ella llegaba todas las mañanas a su despacho al residir junto al sanatorio, él llegaba dispuesto a escuchar este eterno silencio purgando sus nones y negativas, él intentó todo sin efecto o resultado positivo, ahora estaba ahí sentado con él con su gabardina y paraguas cerrado, no era ella, no era la misma que visita todos los días en la costa sin salir de su ciudad y a la que ha contemplado sus pechos transparentados y flotando en la clara agua mediterránea.
El habitual conductor con su malhumorada cara de Aznar echó a andar el tranvía, no viajaban más pasajeros, ellos dos y él, la niebla no les dejaba ver los edificios que adornaban el recorrido jienita por el recién inaugurado sistema tranviario, tenía que romper el hielo e interrumpirles, iban callados y no se dirigían la palabra, jamás iba a decir algo pensaba por dentro.
Todo esto cavilaba cuando me acordé de que estaban pendientes de mí, de que me estaban visionando de forma silenciosa a fin de que no cometiese ningún error literatovirtual con mis palabras, a la mínima recordé que la noche anterior no se equivocaron al yo equivocarme, leí y releí El viajero del siglo de Andrés Neuman sacando a continuación de forma compulsiva todo el resto de sus libros de la biblioteca provincial, mezclé los títulos con los argumentos, leía cuentos creyendo leer Bariloche que no es de cuentos, cuando cayó en mis manos las páginas de esta última creí que era otra cosa, una forma de leer un tanto enfermiza y siendo víctima de mi propia decadencia personal y humana, yerré en efecto y tal como me dijeron al no conseguir hacer nunca nada medianamente bien, me doy lástima de mí mismo al querer presumir aquí de lo que no soy viviendo de mis viles mentiras que ya nadie se cree, sobretodo en Cástulo. Sí admiro a Andrés Neuman pero como persona más que como escritor, aunque la última de El viajero del siglo mereció el premio Alfaguara ¿cómo no?
La pasajera del tranvía dejó a su acompañante y fue a sentarse con él en la parte de atrás para hablar en silencio de su compañero al que había decidido abandonar en ese momento del recorrido por la parte baja del Paseo de la Estación, la poca libertad que sentía, de cómo se sentía celoso si tomaba cervezas con los compañeros del sanatorio o por el mero hecho de desprenderse de la parte a arriba del biquini a fin de que le diera un poco el sol en las domingas sobre la arena del litoral andaluz. Le insinuó una y otra vez que con él se sentiría más libre que nunca, también sobre lo necia que se iba a sentir cuando llamase su mujer preguntando por él y le negase la palabra. Se quedaron callados mirando por la ventanilla la neblina espesa, el pasajero solitario que acababa de ser abandonado por su mujer por el pasajero de atrás al no poder sentir los cuchicheos que éstos se traían no podía intervenir o confirmar las situaciones de su vida de las que estaba siendo acusado casi en silencio, con el tiempo a él le darían de alta en del sanatorio mental de Cástulo reconduciéndose gracias a esto que su vida volviese al equilibrio de la normalidad sin saber que su acompañante en la parte trasera del vagón del tranvía la imaginaba desnuda durante todos los minutos que pasaron juntos en la estancia.
En la Colombia 50 sigo pasando páginas del periódico que aparento leer sin percibir lo escrito debido a la divagación de mis pensamientos en historias imposibles, la librería Metrópolis es puntual con Dublinesca de Enrique Vila – Matas. La quietud que precede de José Miguel Vilar – Bou nadie es capaz de hacerla llegar a esta librería donde la tengo solicitada desde antes del día de reyes, su autor habla conmigo vía email, no ha problema en servir ejemplares, pero mantengo el compromiso con la librería sin solicitarla por otros caminos, la Diputación de Badajoz parece tener la culpa por ser la editora y concesora de su premio siendo más lenta y perezosa en enviar sus pedidos a las librerías donde los cansosos clientes solicitamos libros desconocidos para descubrir nuevos talentos de la escritura. Miro hacia la salida de la calle Cerón por si sale ella, la vergüenza me obliga a concentrarme en la lectura aparente del diario para que parezca que no la veo, nuestra breve charla sería de compromiso, sin nada nuevo, morboso o incentivador que le dé una posible chispa al encuentro, igualmente sigue sin pasar y es hora de volver a la oficina antes de que crezcan los papeles ante mi ausencia y alguien diga que me pego buenos desayunos.
4 comentarios:
El amor es incomprensible....pero ¿funcionará alguna vez el tranvía en Jaén????...un abrazo
Me temo que el premio Alfaguara se obtiene, no se gana, y mucho menos se merece.
Además, confesé haber abandonado la lectura del título que citas (http://novelasombraschinescas.blogspot.com/2009/10/un-folletin-moderno.html)
Saludos.
Te leo y cada vez me gusta más. He de confesar que lo echaba de menos. Un beso
Increibles recorridos los de ese tranvia. Delicioso aroma a café de la Colombia 50. Obsesivo mundo virtual. Misteriosa mujer de paraguas y gabardina. Calor de playa y desnudez. Deseos de encuentros.........sigue escribiendo....
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