DÍA GRIS




Me ha parecido oír que el otro día fue el día del libro, todo un despropósito para los libros y lectores. Por poner algún ejemplo práctico de lo que digo ayer al pasar por la Calle Cerón mis ojos pudieron contemplar como en la Librería Metrópolis habían instalado un expositor externo a fin de que cualquiera que pasara por la calle pudiese adquirir los libros en la librería, pero qué libros, sólo los comerciales, el del ángel, la del bidón de gasolina, que desmán, incluido el último de Vila – Matas Dublinesca. En Onda Jaén se demoniza la lectura al entrevistar a una librera, pero no en una librería sino en una papelería como lugar en que más que libros puedes comprarte un sacapuntas, cartulinas, pegamentos y otras drogas inhaladoras que poco tienen que ver con la lectura. Veo el libro regalado, el libro envuelto en papel de obsequio que es impuesto al destinatario con una sonrisa pero que a éste posible lector no tiene por qué gustarle, un corredor de gama alta de la vía verde del aceite compra a su novia, mujer o madre La noche de los tiempos de Antonio Muñoz Molina cuando a lo mejor lo que lee son tbos de Mortadelo con 13 Rue del Percebe o Jabato Color. Odio el día de esto y el día de lo otro, no se salva el libro y más cuando este libro es casi insultado al ser sólo utilizado para el vil negocio.

Tras sufrir por segunda vez el mal de Montano bajo de la Calle Cerón indignado por el mal que vienen sufriendo los libros últimamente al dedicarles un día concreto hacia la Calle Bernabé Soriano, por la poca niebla que cubre la calle veo subirse una chica en el tranvía que no tardó en desaparecer entre la espesura, había subido al mismo de forma nerviosa, la esperaban para uno más de esos cientos y cientos de acontecimientos donde uno habla y muchos escuchan en los que siempre reclamaban su persona por su buen hacer y saber estar. Cuando dejé de ver el tranvía recordé que era lunes, que el fin de semana había quedado atrás, que el día del libro había sido un mal sueño, el viento ligero en Parma fue el tercero en discordia en la cama quitando algo de tiempo a las tareas de sacar brillo a las armas antiguas que heredé de mi abuelo, había completado la mañana de domingo 8 kilómetros tras diez días de parón con nauseas como efecto secundario al volver a casa en turismo tal como en mí viene siendo habitual, el ir y volver en turismo quiero aclarar, no las nauseas que fueron aliviadas con una tostada con aceite tras la ducha en casa en solitario y sin ningún otro particular digno de contar. Cuando llego al Paseo de la Estación antes de subir a la oficina a completar el resto de jornada de lunes me embarga de los pies a la cabeza una especie de intriga, tanto divagar absurdeces por calle que no me acuerdo del tranvía y su apesadumbrada pasajera que habían desaparecido un rato antes entre la niebla, contemplo el centro de la calle y veo que las obras del tranvía siguen todavía en eso, en obras, o sea que de tranvía y pasajera nada de nada, se habían difuminado, el desayuno quizás me hizo desarrollar la imaginación más de lo debido, hoy todavía sigo sin entender por qué observé la línea del tranvía en obras, el Paseo de la Estación levantado y el tranvía sin circular, pura intoxicación literaria que me tiene fuera de sí, casi al borde de la desesperación, y eso que esa mañana pude ver muchos amigo virtuales que pasamos una línea de transformación si nos vemos en la realidad, unos te saludan y dan la mano preguntándote por la salud, otro te saludan con una cordialidad impecable, tan impecable que ese saludo levanta una barrera invisible de que hasta aquí hemos llegado con las amabilidades, otro junto a la biblioteca juraría que hasta se ha cambiado de acera para no tener que decirme ni hola, a los que más quiero no los veo, sigo esperándolos eternamente y siguen sin aparecer, la niebla se los traga con tranvía incluido, la ciudad se nos traga, aunque luego nos escupa para hacernos rodar sin destino definido a la espera de alguien que nunca llega alejándonos de nosotros mismos cuando más parece que estamos cerca de algo.

6 comentarios:

Lola dijo...

Lo de tu tostada de aceite como que no lo probaría, no vaya a hacerme soñar y tenga que despertarme después.
Como dice Kafka "Quien busca no halla, pero quien no busca es hallado"

Manuel de la Rosa -tuccitano- dijo...

para mi todos los días son para celebrarlos con libros, pero no todos somos así, hay que reinventarse los estúpidos días d para que el sector no muera...en cuanto a lo que ponen en la calle...para mi lo que sea...aunque el autor sea Marcial Lafuente Estefanía...lo suyo es leer...salud

Sombras Chinescas dijo...

Nunca me gusto regalar libros ni que me los regalen. Los libros, como los vicios inconfesables, son para elegirlos y disfrutarlos en solitario. O que alguien, no cualquiera, te desvele su nombre con aire de confidencia.

Saludos.

Lansky dijo...

El de Vila-Matas, este en concreto que mencionas, es muy bueno.

(A mi sí me gusta que me regalen libros, y que me sorprendan, lo cual es bastante dificil, me temo)

Pedro Ojeda Escudero. dijo...

Hace tiempo que dejé de comprar libros el día del libro: en su lugar, paseo.

Myr dijo...

ES que no todo lo que tiene forma de libro, es Libro.

Devuelvo tu visita en mi blog. Te dejé comentario alli, en dónde te doy la bienvenida.

Saludos