
La negación del amor me hizo enamorarme de las paredes vacías y casi de las alambradas que rodeaban el recinto, es como si hubiese muerto pero con la salvedad de que era consciente de todo lo que sucedía a mi alrededor. Salía muchos a días a tomar café, era un enfermo atípico al que dejaban tener libertad, sobretodo fuera del hospital, llegué a pensar que abrían las puertas con el objeto de que me fugara para no volver jamás, un régimen distinto al resto de locos aunque sufrí también el complejo los tres últimos años de ser el único loco del sanatorio de la remota, plomiza y aparentemente beata ciudad de Cástulo en cuyos grises pasillos viví una etapa brillante y otra nefasta , yo era uno del pequeño miembro de dos llamados “los otros”, en honor a esa película que más tarde rodó Amenábar quizás inspirado al llegarle a sus oídos nuestra historia de esos años.
Mi cuidadora asignada a mi persona no me decía nada, nunca hablaba, eran sus compañeras las que me acribillaban a preguntas, no soportaban mi vida algo disoluta de aparente escándalo, sus propósitos no eran otros que volver mi persona al buen camino e incluso casi obligándome a hacerme seminarista, por eso muchas tardes salía a pasear en solitario al jardín donde imaginaba un precioso conejo blanco con toda la pinta de inquieto y extrovertido que comía pienso de marca y bebía cuando sentía sed un agua blanquecina que emanaba de una fuente también imaginaria del propio jardín.
Una tarde en ese jardín en el que desaparecía del resto dentro de mis propios pensamientos consiguieron hacerme volver en sí al anunciar la enfermera jefe la llegada de otro enfermo con una manía similar o idéntica a la mía, la de creerse escritor sin serlo. Nada más presentarnos los dos el otro me preguntó de forma directa que cómo es que me dedicaba a escribir novelas y folletines si mi personalidad no daba ni para ser personaje secundario y con tachones. Intuí que antes de ser presentados tuvo que ser advertido de mi locura por la enfermera gobernanta.
Con el paso de los días me pareció creer que el escritor parecía ser de los de verdad más que un maniático desequilibrado, las cuidadoras del sanatorio lo veían guapo y atractivo aunque por mi parte nunca supe si era creyente o pagano. El caso es que pocos días después desapareció para no regresar más, quedé confuso tras analizar la situación, con la rapidez que le dieron el alta no entendí si realmente escribía o era un mal personaje folletinesco, o algo peor. El resto de las tardes siguieron su curso con la habitual monotonía, el jardín seguía ahí, y el conejo blanco extrovertido seguía rodando por mi imaginación.
6 comentarios:
Sigue pronto por favor, quiero saber que pasó...
En el fondo todos somos los personajes de un autor así, pero no lo sabemos.
Excelente la estructura laberíntica: incluso la de fuera de las tapias.
El conejo tienen la clave, seguro.
Sí, seguro
A mi el conejo blanco que mejor me cae se llama Harvey, si conversaras con él, seguro que os harias buenos amigos....y te guiaría por mejor camino que las enfermeras....
Saludos
...las enfermeras también tienen conejo, en cambio, el conejo no sé si tiene enfermeras
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