PROFITEROLES DE CHOCOLATE

Mi relación personal es fría, siempre lo fue, su personalidad y la mía son así, frío en la cercanía y calor en la distancia, Extraña forma de vida de Enrique Vila – Matas es el libro que cierro y que me recuerda a mi realidad virtual, también dejo de escuchar en el mp4 the noise de The Lab, el sonido que suena últimamente a eso de las cuatro menos diez de la mañana para ir cerrando la nave del misterio del amigo Iker Jiménez, no sé hasta dónde seríamos capaces de llegar, hoy la mañana es gris, las vías del tranvía desaparecen pero no por ser cubiertas por la niebla, sencillamente porque han dejado pequeños intervalos sin construir para facilitar la circulación rodada del tráfico urbano, veo a la mujer de la gabardina en la imaginaria parada de la plaza de las batallas, ignoró qué dirección busca, fantaseo total, la imagino en la playa con todo desprendido, no conoce Cástulo ni su hospital, tengo que evitar que se me ponga dura en la ducha delante del resto para no ser expulsado del sanatorio, me seco y salgo al jardín donde al acercarme a la jaula me parece apreciar que los conejos no comen, sequedad ocular de tanto permanecer entre los barrotes metálicos, la mañana sigue gris, la feria del libro en Jaén aparece tal como la adiviné ayer, una prolongación de lo más comercial de las librerías, sigo pensando que la auténtica feria del libro la podemos encontrar en el rincón más inaccesible de la Librería Metrópolis o de la Entre Libros de Linares, ni siquiera lectura de calidad de Anagrama que huyen de lo comercial son capaces de ofrecer.

Me vuelvo corriendo al Sanatorio Mental, por decreto médico nos obligan a los pacientes y enfermeras a pasar una distendida tarde por el pueblo saboreando unos exquisitos profiteroles de chocolate. Nos sentamos todos juntos sin distinción de personal sanitario y no sanitario, no estaba descalificado todavía, conservaba sin saber lo que me deparaba el futuro mi estatus ante la comunidad médica, me pido un postre individual al ser muy mío para ello, es una forma más de romper lo pactado, quiero unas natillas caseras, ella me provoca compartiendo con él sus profiteroles de chocolate, a su paciente preferido que luego quiso expulsar a empujones silenciosos. Humillación total en el Restaurante la Cabria, en el lugar no se merecen el penoso espectáculo de utilizar el salón para lanzarme su mirada con regocijo saboreando más juntos de lo habitual los profiteroles.
Me tuve que quedar toda la tarde con cara de idiota, lo que estaba ocurriendo parecía el prólogo de una novela, me sentía preso o prisionero en la mesa con el resto de comensales que a su vez yo los consideraba cautivos de mi pluma, provocación celotípica, estaba más guapa que nunca sonriéndome cuando los dos mojaban el dulce caramelo en el mismo plato de su aparente futuro rival con el paso de los años al dar la novela un giro totalmente inesperado al llegar al sanatorio una nueva remesa de personal sanitario y el inevitable cambio de internos. La situación no era muy brillante, no era bueno para una institución de prestigio como el sanatorio de Castulo, la película de celos que se me planteó entre enfermera y paciente al que nunca le darían el alta no era lo más adecuado para mi terapia de pajero crónico y compulsivo con la amenaza de los médicos de convertirse en incurable, algo que venía sufriendo desde tiempo inmemorial pero que al serme diagnosticado el problema provocó mi rápido y urgente ingreso en el sanatorio.
El sistema en la degustación de los profiteroles no acababa de verlo irónico, tampoco la atmósfera inspiraba seriedad, el aire era extraño eso sí, los pacientes que éramos mayoría no nos poníamos de acuerdo ni entre nosotros mismos ni entre el personal médico y de enfermería también divididos entre ellos al estar representado el resto en la mesa en pequeña minoría. El enfermo que comía los profiteroles del mismo plato que mi enfermera me observaba con una risa que no parecía risa como tal, ella también fue su enfermera, esa risa la interpreté como angustiante, a ella dejé de mirarla, huir a saco de la celotipia invasora de mis neuronas que no escuchaba al resto de comensales que mantenían ente ellos una conversación banal e intraducible a algún tipo de historia comprensible.

Vuelvo a encontrarme en la feria del libro en este gris domingo, a veces me sobreviene la duda de si seguirá enamorada de él en la distancia después de tantos años, contemplo de nuevo las incompletas vías del tranvía, la mujer de la gabardina ya no está, tengo que buscar otras maneras de saciar el hambre, mis obsesiones sexuales no deben de viajar sobre las ruedas de un tranvía.

7 comentarios:

Pedro Ojeda Escudero. dijo...

Esa sensación de prólogo sólo puede ser buena si la novela lo merece. La mayoría sólo prologamos cosas que no merecieron ser escritas.

Mayte dijo...

Interesante andar de palabras...mirar desde mi escalinata a éste laberinto...por ahora es estimulante.

Biko.

calma dijo...

Gracias por tu visita, que tengas una estupenda tarde-noche.
Saludos

FRANK RUFFINO dijo...

Gusto pasar por tus palabras.

Abrazos fraternos en Amistad y Poesía verdaderas,

Frank.

Lansky dijo...

Randle, ¿te bajas las imágenes que cuelga malherido? Es un culito de gorrión, como dicen en Cuba, gracioso, pero...

Sombras Chinescas dijo...

Lo de la calidad de anagrama pasó a ser un mito urbano. Ahora hace lo mismo que Planeta o Random House, y apuesta por el "nombre" que le garantiza recuperar la inversión.

Y, viendo a la enfermera, se antojan razonables los celos.

Saludos.

Aquí me quedaré... dijo...

Hola:
Vengo a taerte el mosquito, es tuyo.
No se había quedado en tu teléfono, se había quedado en la pantalla del ordenador. (Risas)

Me quedo con el chocolate, los profiteroles no me gustan.

Saludos