
Me gusta espiar cuando nadie me ve el blanco conejo del patio a través de una raja, suave al tacto, con el vello caído, juego con sus posibles cambios de temperatura, todo un placer visual mientras la raja siga abierta y me dejen contemplar la visión con mi discreta presencia que hace que desde la jaula me haga ver que no se ha dado cuenta de que estoy aquí.
Cuidados terapéuticos, dulces unos días y huraños los otros, dos personalidades, naturalidad y teatralidad, no sé si es mejor la mirada dulce o la de medio lado, fuertes inyecciones ansiolíticas con el agrio carácter, decidió si darme la palabra sobre mi futuro y calidad de vida en la estancia desde el primer día odiada por la mirara dulce, su mirada huraña sería mi principal lectora el día que se publicó mi libro prestándoselo luego a la dulce mirada. Al llegar el otoño caen las hojas de los árboles del patio, sigo espiando lo movimientos limitados del conejo blanco enjaulado donde seguirá sin permiso para probar deseos vitales, no supero mi infantil mentalidad a la que me han tildado en todas las miradas por mi obsesión de conseguir el alta médica y pueda volver a Jaén antes de que dé lugar a la inauguración del tranvía mientras me consuelo en solitario disfrutando una corrida, un acto cruel que ha generado polémicas entra partidarios y retractores estos últimos meses. Quiero cortejar con la mejor enfermera, conquistarla con mi más elegante galantería, salir a pasear los dos juntos al patio de naranjos bajo la atenta mirada del conejo blanco, ella es la flor más bella del jardín que desaparecerá de mi vida antes o después volviendo a asomar como de la nada ese conejo que seguiré contemplando a través de la raja, cada vez tengo más lectores de mi libro pienso, de atmósfera volátil pero grandes lectora al fin y al cabo.
Paseo en solitario por las rectas avenidas de la ciudad de Cástulo, alguien desconocido me invita a recrearme en sus misterios, los misterios de Castulo, grandioso título para la segunda parte de mi obra, veo el Fleming como todos los días, a veces no quiero entrar a sufrir mi buscado papel de demente inadaptado, veo semblantes fríos aunque me invitan a sentarme con ellos, enfermos y enfermeros juntos llamados a la mesa, extraños elementos de la gris parroquia clientelar, risas colectivas que me hacían presajiar el inminente cierre del sanatorio mental, nunca sería eterna su existencia, las enfermeras querían denunciar a la mirada huraña mi desmedida afición por determinar el futuro de la institución, uno de los doctores se planteaba una posible amenaza de publicar este pronóstico en mi historial médico, consigo escapar de batas invisibles con forma de silencio corriendo calle arriba hacia las ruinas de lo que en su día fue la Escuela Universitaria de Ingeniería Técnica de Minas como minas tenía todavía Cástulo a plena actividad, me desvanezco antes de llegar sin perder el conocimiento “desnudos los dos en la playa” escucho por dieciseisava vez en el hueco interior de mi dispersa mente, regreso al hospital en un furgón encamisado con las manos atrás sin poder moverme o decir todo lo que tenía que decir gracias a un extraño líquido que vertieron en mi antebrazo, totalmente mudo, como ese bello conejo blanco, cuando recibo una carta de servicio denegándome el alta me echo a llorar, ha desaparecido esa raja por la que veía el exterior e interior.
3 comentarios:
A veces una recta avenida es un trampantojo de laberinto.
no todos los locos son voyeur...todos si que somos lo segundo...
No se que decir solo que me ha gustado. Un besito
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