PESADILLA DE PASEO



En busca de la catedral deambulo por una céntrica callejuela de Jaén que no conduce a lugar alguno de la ciudad, sigo enfermo perdido de recuerdos de Cástulo, amistades imposibles, amores fracasados, en el sanatorio se me recuerda hoy como un escritor patético, el personal sanitario respira aliviado gracias a mi ausencia, sigue con su rutina habitual a la espera del decidido cierre definitivo, el conejo blanco se escapa de su jaula, nadie consigue darle caza, se le intenta localizar por cada uno de los rincones de las dependencias, por el cercano barrio de calles anexas nadie recuerda haberlo visto. Tuerzo la calle desorientado sin localizar la calle Campanas, había seguido el mismo recorrido de siempre aunque esa conocida calle que en este momento no sabía hacia qué lugar quedaba, me hacía sentir en el peor estado de desorientación que puede sentirse alguien en el casco viejo, todo un fracaso más para intentar buscar una vecina que pasea a su perro por la zona e invitarla a café y así tener argumento para un nuevo capítulo de mi diario que se está convirtiendo de forma irremediable en libro de lectura, la curiosa geometría de las céntricas calles de Jaén gastan ocasionalmente malas pasadas a sus caminantes, unas veces sales al lugar deseado sin buscarlo, te lo encuentras sin querer cuando no has querido estar ahí; en otras ocasiones cuando deseas llegar al lugar que pretendías te atrapan las grises paredes de las calles sin dejarte salir condenándote a un extraño silencio que no te deja ver la salida aunque la tengas cerca, siempre supe que tenía que huir corriendo del hospital, ese condenado silencio en forma de ejecución de sentencia me empujaba fuera de sus pasillos, por eso hago rehabilitación en la ciudad de residencia, busco nuevas amistades, nuevas compañías y amores, en la calle Cerón creo que ya no tengo nada que hacer hoy que los peligros de Cástulo también quedaron atrás. En el hospital me siento acechado de mil peligros, M está harta de mis manías obligándome a perderme por el centro de Jaén, en el sanatorio casi todos se contagiaron del mal cambiante que generó mi actitud de enfermo degenerado, pensar que decidí dar pena a todo el mundo, al personal médico, a los otros enfermos, nada, fue tremenda la red que se tejió a mi alrededor como objetivo de amor crónico que acabó convirtiéndome en una especie de diablo adornado de todo tipo de odios y raras miradas. Me sentía atrapado, no localizaba la calle Cerón a pesar de seguir en uno de sus peatonales calles adyacentes sin poder avanzar un paso que me lleve a mi destino poniendo fin a esta pesadilla de paseo que me pareció durar hasta años más que días.

Toma, prueba con esto.

AJ deja un rato la librería entregándome un desplegado callejero de Jaén, me había observado desde el interior en plena deambulación de intruso por la Cerón, sabía de mi perdición sin salida, llevaba muchos meses leyendo mi diario de estancia como paciente en el sanatorio de Cástulo, un gran extraño lector también, un día lee Juan Benet aunque luego a los pocos días no recuerda haberlo leído, un personaje más de esta absurda representación de mi actual situación de sanidad mental hospitalaria.

¿Y un salvaje revolcón?

Me acuerdo de El mal de Montano, la solución posible a las obsesiones literarias cortada de raíz, insalubridad total para el psiquismo, tanta tensión soportada vomitando esta teoría en forma de letras me decía a mí mismo cuando observo el callejero donde me parece ver la salida más clara, el plano de Jaén se transforma en un diccionario que le otorga la definición clara a mi situación, no era fácil salir, casi una empresa imposible, el interior del viejo hospital de Cástulo por criterio de la enfermería se ha convertido en un país extranjero donde ya no hacía falta huir o volver a casa, el paseo de la tarde en las cercanías de la catedral, toda una odisea urbana con la socorrida ayuda de AJ para enmendar en lo posible mi confundido entendimiento.

2 comentarios:

Lola dijo...

Pero que imaginación tienes Jesús, me encanta leerte.

ana dijo...

No creas Lola que todo es imaginación, algunas cosas son fruto de la realidad, el perro es real, pero yo creía que era el chucho el que paseaba a su dueña.