HÁBITAT INOPINADO

Salgo de la miseria de la soledad, estoy en agradable compaña, un acto primario puede ser vivenciado de forma inminente, ha terminado la carrera del Quiebrajano, no conseguí disputarla, el deseo fue tan fuerte que mi estado ilusorio es el de haber llegado destrozado a la meta, nos cae el agua a los dos bajo la ducha a la que entramos sudorosos en esa pensión de las afueras de Cástulo, por la ventana el sol se empieza a ocultar, en la mesita de noche descansa Respiración artificial de Ricardo Piglia.
La compañera de la ducha no es corredora, no corre, no es con quien yo imaginé subir el Quiebrajano, no logro ver los motivos que tengo para ducharme con ella, no ha corrido conmigo, el acto puede ser apocalíptico, creo que la situación se va a volver más complicada, la veo, la miro, nos cae el agua a los dos, cogemos al unísono el bote de gel, la cita era en la playa, nunca nos citamos en la ducha. Me habla por fin, tardé mucho, una larga espera, un silencio demasiado largo, es una mujer casada, ella sabe que yo también lo estoy, me dice que no sabe cómo llegó hasta ahí conmigo, yo tampoco pienso, lo último que recuerdo es una carrera popular en Jaén que imaginé correr aunque no con ella.
La ducha, la habitación, nuestro hábitat inopinado va adquiriendo gracias a los dos personalidad propia, nos va condicionando la existencia del momento haciéndonos vivir una situación no buscada que al final habrá que sacarle el máximo provecho disfrutando el goce de haber sido partícipes accidentales, pienso en la habitación que tenemos al lado, contengo la respiración mientras el agua nos sigue cayendo, mejor esto que el silencio de los grises pasillos del sanatorio, imagino el itinerario que recorreremos de la ducha hacia la cama, quién de los dos abrirá el camino esperando al otro, otra eterna espera, Enrique Vila – Matas la vive en Lyon, en la mesita sigue mi libro de Piglia, la miro y suda, no es el agua, su pulso se acelera, llamo a Vila – Matas a la habitación de su motel de Lyon, me responde al instante, su voz catalana sigue amable, un escritor consolidado que atiende a sus lectores, nada que ver con esos escritores de tres al cuarto que nada quieren saber de algún lector que otro, flotan en esa frágil pompa de jabón que antes o después explotará haciéndolos estamparse en el suelo, Vila – Matas me aconseja que para escribir una buena novela debo reconstruir lo mejor posible los rastros de mi vida en esos años de Cástulo entre los restos y los testimonios, revisar las notas de mi diario, sólo así seré un veraz fedatario de la certidumbre de aquella vida, que la nostalgia del pasado no influya.

Siento no haberte escrito ninguna carta desde que te fuiste de Cástulo.


Vuelvo a entrar en la ducha, sigue con su piel cubierta de jabón, el agua sigue saliendo, los años desgraciados en Cástulo me enseñaron a escribir para algún día explicar las ilusiones sólo con el objeto de intentar sostenerlas, buscar la inspiración en otros escritores, por las calles de mi ciudad, en las cafeterías como Mont elado, en la librería habitual, con los escritores novicios y otros que permanecen en estado de anonimato, plasmar en palabras esa especie de exilio interno, obligarte a abandonar el propio interior sin posibilidad de escape al exterior, escribir más allá de los protagonistas con sus hábitos puestos y sus costumbres aparentes.

Nunca quisiste hablar conmigo de literatura, todo lo dejabas para ella.

Celotipia literaria pienso mientras empezamos a aclararnos el gel cambiando la temperatura del agua, las voces son robadas y entregadas por error, la conversación literaria fue intercambiada confundiendo la interlocutora, ella quiso haber sido partícipe, hubiese estado dispuesta a leer con el objeto de alterar el curso de la narración.

Esta mañana en la librería metrópolis he mentido a un amigo, le confesé no haber leído nunca Respiración artificial de Ricardo Piglia, en realidad no me acordaba, me habló de un argumento cuando yo entendí otro, tuve que buscar mucho tiempo atrás en el diario y en la estantería de mi habitación para reconocerme a mí mismo que le había mentido.

Últimamente Ricardo Piglia me tiene atrapado, La ciudad ausente me defraudó o eso creí, sus libros de relatos permanecen en la capital a la espera de ser leídos en el momento en que vuelva a dejar otra vez la ciudad de Cástulo tras la ducha por quitarme el sudor de la subida al Quiebrajano que disputé en el recuerdo, ya estamos aclarados, dudo entre si coger las toallas o estrecharla junto a mí.

¿Ves como puedes hacerlo? No sé qué te lo impidió aquellos años.

Mido bien las palabras antes de proseguir la conversación, bajo la ducha no parece el lugar más adecuado para contarle que Ricardo Piglia es como Enrique Vila – Matas pero en argentino.

El libro me confundió, no se desarrollaba tal como el autor trazaba en la línea narratoria, cada paso alteraba el desarrollo de la lectura, esta mañana en la librería con la mentira como expresión descubrí un nuevo punto de vista de la obra gracias a aquel que sí decía la verdad.


9 comentarios:

Pedro Ojeda Escudero. dijo...

Ya es mucho terminar una carrera con ese nombre, que suena a sudor y cansancio. De ahí la necesidad de una ducha larga, sin duda.
Debería quedarme atrapado por este escritor yo también.

Sombras Chinescas dijo...

No pasa nada, algunos verbos son mucho mejores en reflexivo, en especial en compañía, y la ducha bien valió perderse la carrera.

Saludos.

La paciente nº 24 dijo...

Pero igual, llegaste a la meta; otra.

Interesante escritura.

Lola dijo...

Hay carreras en esta vida, que hacemos con personas con las que nunca imaginamos podíamos estar compartiendo, pero el día a día hace que tenga sentido haberse cruzado para realizarla juntos. Un besito Jesús

ana dijo...

¿Qué censura?

La sonrisa de Hiperión dijo...

Siempre hay que llegar a la meta...

Saludos y un abrazo.

Natalia dijo...

Ehorabuena por llegar a tu meta y, ahora, sigue adelante para alcanzar las otras!

Manuel de la Rosa -tuccitano- dijo...

Es cuestión de acostumbrase a todo...dicen que letra con sangre entra...lo mismo necesito yo de ese autor...yo también me hubiese duchado..un abrazp

Anónimo dijo...

Que cojones, no corres la carrera y narras la ducha.