UN HOMBRE QUE DUERME



Un hombre que duerme
no es sólo una novela de Georges Perec, es alguien con cuerpo de mujer que viaja en el tranvía que no se ha bajado en su parada al quedarse dormida, la lectura de Perec como inducidora de ligero sopor suficiente para evadirte del recorrido del tranvía, la lectura que llevo entremanos desatendida por la desconcentración lectora que sufro como pasajero con mi nueva compañera de viaje.
En Babelia Enrique Vila – Matas me dedica un particular, subliminal e inmerecido homenaje sobre el fracaso, mi compañera tranviaria ha cerrado Un hombre que duerme justo al despertarse en la Plaza de la Concordia, se ha percatado en silencio que se ha pasado de parada, se disfraza de darle todo igual, de permanecer conmigo el resto del viaje sin buscar nada a cambio, sin confesión alguna de secretos prohibidos, contempla por la ventanilla las calles de Jaén, ha sufrido un fracaso leve con el olvido de apearse, nada que ver con otros fracasos, mi fracaso en Cástulo, fracasar donde nadie fracasó, musas literarias que transforman sus víctimas en los mejores prototipos de sujetos derrotados a perpetuidad. Mi compañera de viaje viaja ya despierta, o me ha leído el pensamiento o en algún momento se convirtió en pasajera lectora por encima del hombro mientras leía a Enrique Vila – Matas en Babelia decir que el fracaso antes te daba prestigio, ahora es una dura y amenazante derrota.
El tranvía sigue su curso descendente, dos desconocidos viajeros vivenciado el fracaso como extraños pasajeros, Samuel Beckett aconseja a sus actores al poner en escena su obra que fracasen, pero que fracasen mejor cada vez, el fracaso como resto artístico, mi fracaso es un fracaso fracasado que me ha hecho creer en las musas. M me comentaba el otro día en una marisquería de Sabiote que nunca le agradó mi musa elegida, actriz guapa pero de diversos papeles en la misma obra, espíritu de maldades quizás ocultos, no te fíes, un bello cuadro de costumbre al estilo de Vermeer, M sin rubor admira a mi actual pasajera que ha preferido no apearse del tranvía, un viaje compartido, viaje por fin sin revisor o interventor amante de las astucia, las trampas, la ilusión y los murmullos apagados que sueño a veces verlos viajar de un vértice a otro en diagonal atrincherado en un aparente silencio y diálogos bucólicos tras su tabique pleno de pinturas de graffitis honestas y decentes, cuando deja de adoptar como decana de esos muros grafieteados sus papeles prohibidos de mención.
Un hombre que duerme se deja leer, no comparto el que sea la gran obra silenciosa de Georges Perec, tampoco su fracaso literario, el término medio debe ser propiciado para la cuestión. Al terminarlo recuerdo aquellas sombras furtivas que vivían en el sanatorio, mi compañera de viaje en el tranvía es la mujer sin sombra, no parece lucirla, la miro cuando parece que va a volver a dormirse y llegar así hasta el final del trayecto, su silencio y cerrar de ojos hacen volver los emocionantes recuerdos trasnochados e impalpables, maullidos de placer en el silencio de la tarde, espejismos que atraviesan el jardín, reuniones invisibles en los rincones de la celda.

5 comentarios:

Lola dijo...

Buenas noches, quería decirte simplemente que me ha gustado leerte. Un beso

Pedro Ojeda Escudero. dijo...

Hay veces que uno vive lo que lee mientras alguien nos lee y cierra el libro que contiene nuestra historia en un tranvía.

camino roque dijo...

gracias por la visita. veo que tienes mucho que contar

anapedraza dijo...

Sobre el fracaso... es una sensación que, creo, a nadie le gusta.

Yo también soy de los que leo al compañero de viaje.

¡Feliz día!

Miguel

Sombras Chinescas dijo...

La musa, para serlo, tiene que tener su poso de maldad.

Saludos.