ES TARDE DE ABURRIMIENTO

Es tarde de aburrimiento, no había interrogatorio, no entro tampoco en la cafetería
Fleming, salgo en busca de la plaza del Gallo, intento compartir mi existencia
con otros caminantes olvidados de Cástulo y no ser el único paseante del día.
Esta conocida plaza tiene un jardín interior y su perímetro está rodeado de una valla de cristal, no pasean por ella patos ni gallos a pesar de tener también una especie de fuente con un lugar con agua que parecía querer albergarlos, sólo los vejetes llenos de vacío existencial esperan que alguien se acerque para ser protagonistas de algo que les dé contenido a su existencia. Observando los peatones por la ventanilla logro desconcentrarme de la retórica dialogante de un amigo que vino expresamente de Madrid a entablar conmigo una charla sobre libros dándonos de mutua decisión un paseo en tranvía por los rincones más antiguos de la ciudad, disfrutamos de las vistas que nos ofrecía el paso elevado del viaducto a la altura de la plaza de los Perfumes, contemplo los dos carriles de la autovía urbana subterránea que construyeron para enmendar el caos de vehículos existente en la zona, por la plaza de la Concordia los peatones se arremolinan a vernos pasar, nunca han visto a ciudadanos transformados de repente de pasajeros tranviarios, la curiosidad desde el exterior es totalmente extrema. Cuando llegamos a nuestro destino completando el itinerario tranviario mi amigo abandona primero el convoy al cederle el paso por esa pequeña exteriorización de educación que no he perdido del todo y que todavía me caracteriza, contemplo en la plaza esos de la diferencia de edad y contarles el problema que tuve esa mañana en el sanatorio con una moneda que no entraba en la ranura, que me hizo quedar con las ganas de saborear el bote de zumo que no logró expulsar la máquina.
Entramos los dos en la Calle Cerón, peatonal paseo histórico que todavía sigue así sin moverse y a la que llegamos sin problemas y sin necesidad de plano al ser suficientemente conocida, todo el mundo saluda a mi amigo, a mí por lo visto nadie me reconocía, parecía ser yo el amigo invisible que siempre acompaña a quien está dotado de más don de gentes por decisión casi unánime del resto que giran alrededor, por eso ante el silencio de los ancianos de la plaza del Gallo opto totalmente en solitario por buscar en el mapa la calle Pontón y descender orientado hacia el sanatorio, si logré llegar a la plaza solo no necesitaba ningún tipo de nueva compañía, si me dejaron en soledad esos años atrás que me sigan dejando así, las calles seguían vacías, volver al hospital era volver a la soledad completa, mi amigo amante de la literatura lo entendía aunque no me aportaba nada nuevo, nunca logré decidirme a contarle nada de mis años en Cástulo, acordamos para volver que el coja el tranvía volviendo por donde vino en busca de su domicilio, yo volveré andando a mi casa, la moneda que no entra, simplemente no llegó a entrar, no tenía más monedas para intentar sacar el zumo, no se llegó a atascar la primera que utilicé, el desenlace fue quedarme con una eterna sed que a veces lograba saciar en solitario, entramos a tomar mi amigo y yo un refresco en un bar cerca de la catedral, el pide un zumo, le entrego unos papeles que le debía, me habla de Rusia, de la URSS, de los autores rusos, cada día leo yo también más a los rusos, Navokov, Dostoevsky, de pequeño me asombraba el pedazo de trozo que ocupaba ese inmenso país en el mapa, del tamaño de decenas o centenas de otros países, en el viejo hospital muchos libros de autores rusos me los quemaron, El lobo estepario que no era ruso fue de los pocos que utilicé, era mi libro de cabecera impuesto, impuesto además en la cabecera del catre, me lo empapo una vez y otra también, literatura censurada y literatura obligatoria, no consigo encontrar la calle del medio a pesar de la cercanía de la Librería Entrelibros, cuando llego a la habitación ahí estaba esperándome junto al vaso de agua y las pastillas, muy cerca del catre en efecto, así todas las noches y los días. Me sentía cansado, los fantasmas del pasado siguen ahí perennes sin desplazarse, sin ninguna proposición, para una proposición extraña que tengo me la hacen los de carne y hueso, el médico se pasará por las habitaciones, ansío el alta y largarme de aquí de una vez para siempre, la vida aquí no tiene ningún objeto. Esta tarde vuelvo al conservatorio, el tranvía no llega de momento hasta ahí, he quedado con un amigo, ha venido desde Madrid, el ejemplar de El lobo estepario lo veo en la estantería, no sé qué hace aquí en casa, es un libro que nunca compré, en Cástulo me fue prestado.
Despierto había soñado con el alta viajando con varios libros bajo el brazo y un amigo que vino desde la capital, en realidad cada vez que pienso en la enjundia pasada tengo sueños extraños, como si viviese una vida anterior llena de humillaciones, fracasos y malos tragos, atrapado en temas de los que no sé cómo salir, creer que a pesar de tantos pacientes y personal sanitario uno está solo aislado de los demás e incluso aislado de sí mismo.

8 comentarios:

madison dijo...

Pues a mi me ha parecido un paseo la mar de distraido.

Lansky dijo...

error: lo vejetes no 'están llenos de vacío existencial' . Al margen de lo ilógico de la frase, los vejetes están llenos de miedo a morirse, que es lo contrario de ese vacío existencial adolescente

Isabel Martínez Barquero dijo...

Una tarde que concluye a una conclusión aterradora y no por ello menos cierta: aislados de todos, incluso de nosotros mismos.

Sombras Chinescas dijo...

Servidor hace meses que no tiene tiempo de aburrirse, casi ni de leer.

saludos.

Lola dijo...

Quien se aburre debería de sacudir un poco la imaginación, lo mismo la tiene metida en un cajón. Un besazo

Juanjo dijo...

A la hora de la verdad, estamos solos. Importa poco cuantos nos saludan por la calle.

Eastriver dijo...

Es el paseo solitario de un flaneur, el cuestionamiento de lo que en el fondo uno ya sabe (o quizá no va a saber jamás). Hace frío y el hielo crea curiosas figuras recortadas en los paisajes... aisladas también.

Pedro Ojeda Escudero. dijo...

aunque no se esté en el sanatorio