Ahora el tango

Esperaba partir hacia Aulabar y al final se desvío el asunto, me acostumbro por minutos a renunciar al silencio y sosiego del lugar sin poder contemplar con un libro abierto el abismo que durante unas horas me tenía que separar de la población de Bélmez de la Moraleda famosa por sus caras y por cuya profundidad serpentea habitualmente una carretera procedente de lugares menos extraños como Úbeda y Cástulo. Pensaba llegar horas antes, dormir allí incluso, dedicar más horas de la cuenta a la lectura sin ningún ruido, odio llegar cuando está el resto de la familia y el lugar ya se ha tornado oloroso y ruidoso por el transformado ambiente de voces calladas en algarabía de tapeo, el viaje se convierte en ruidoso torbellino estresante. He preferido estar allí mucho antes de la comida para poder abandonarme a mí mismo repasando algunas cosas ya leídas en la literatura que vuelven por sí mismas a mis ojos de lector, buscar una especie de intimidad inducida por el magnetismo e imanación que desprende la zona, a alguien se le ocurrió decir que el otro lado del abismo que me separa de Bélmez no sólo existen caras en las paredes de alguna casa, al parecer también se avistan objetos volantes sin identificar que utilizan esta ruta de paso entre Baleares y Canarias convirtiendo al pueblo en un punto de cierto interés ufológico.
Intento consolarme sin salir de la ciudad, buscar un abismo distinto sin dejar ninguna de las páginas, sean en blanco y o redactadas por un compañero de trabajo destinado y residente en Sevilla, Javier Mije durante sus ratos libres cultiva el campo de las letras como el que más al publicar El fabuloso mundo de nada, en este último libro de relatos escarba en las cenizas de la pareja de una forma un tanto peculiar, desciende al infierno literario de no de forma traumática sino dejándote el pensamiento abierto al extensivo infinito contemplado en un espejo sobre la relación entre hombre y mujer, te provoca de forma automática e impulsiva el intento de adquisición del primer libro de cuentos que escribió. Este resucitador del Larsen de Juan Carlos Onetti conserva todavía la estimación de hablar en privado con el lector, no entiendo como otros escritores que empiezan se hunden en su propia mediocridad guardando silencio con los posibles lecturibles o practicando una especie y absurda selección de amigos con los que sí hablar aunque nunca lleguen a vivir un conmovedor encuentro, intentar huir de una prostitución gratuita congelando al quedar fuera de contexto algún posible beneficio. La literatura es una obra mecánica para sobrevivir, para salir del poso, para contemplar el abismo que separa estos dos lugares serranos que nos esperaron este fin de semana, donde con retraso y con el bullicio cervecero se tenían que haber entregado los regalos y juguetes de los reyes magos.
Un relato favorito que vuelvo a releer es Evaristo Carriego de Jorge Luis Borges. Evaristo llegó a ser poeta y tertuliano de cafetería, el protagonista hubiese esperado en el Café la Antigua con las historias como testigos del encuentro, cuando llego al lugar no encuentro a este protagonista convertido en autor gracias a su amplio poemario, igualmente para salir del paso imagino a Evaristo sentado en los sillones al fondo del local, pienso de forma ilusa en una fotografía suya para convertirla en imagen real de forma accidental aunque sólo fuese para que tomase café conmigo sin estar presente de verdad, no se trata de ficción, Evaristo Carriego fue creado por los suburbios, ahora lo que se trata es de cubrir el encuentro de alguna forma aunque parezcamos tripular un bote invisible, interpretar conmigo Evaristo una posible estancia para explicarme la experiencia de haber duplicado su fama gracias a su transformación en personaje por la pluma de Jorge Luis Borges. No deseó por las dimensiones del local interpretarme un tango con letras fastidiosas, se sabe que toma café en Jaén y desea que su breve estancia ficticia deje buen sabor de boca, aporta un voto de favor a las últimas iniciativas municipales a pesar de la crisis de sacarse la música a la calle, la ciudad no puede vivir sólo de los tranvías que pasan por las aburridas esquinas, la ciudad necesita algo más, que las letras sean escuchadas por las aceras y las canciones interpretadas por todos los rincones, que salgamos del enloquecimiento personal que vivimos provocado por el aburrimiento de nosotros mismos. Acaba con Cástulo, conoce bien la ciudad, se siente partidario de los pasados personales, de unos más que de otros, su poemario nunca contempló el nombre de este lugar, ahora le pone letra a su recuerdo antes de decirnos adiós, el tango se baila todavía en lugares prohibidos para algunos:

Las estrellas que Dios cría,
Sin tener más compañía
Que su delito y las fieras
.

Evaristo Carriego

4 comentarios:

virgi dijo...

No conozco ese relato, en realidad a Borges lo he leído poco. Pero qué hermoso sacar la música a la calle.
El sonido de las notas acompañando la vida de la ciudad.
Un abrazo

virgi dijo...

¡Ah, y gracias por tu visita!
Otro.

La sonrisa de Hiperión dijo...

Un fin de semana más estoy por aquí. Navegando entre tus cosillas. Genial.

Saludos y un abrazo.

Juanjo dijo...

El tango puede que sea lo más literario de la música entera.