Hubo un tiempo en el que me gustaba practicar la ciencia del espionaje aunque hubiese sido observado al mismo tiempo por otros ojos, el regocijo que sentía dándole celos con estas contemplaciones a mi musa visionaria a pesar de su promesa de rebelarse contra las artimañas de baco, fue mayor que el haberme sentido como el propio Rimbaud cuando redactó
Una temporada en el infierno. Las musas tienen también sus propias amas de llaves, el Sanatorio Mental de Cástulo era toda una universidad popular para el aprendizaje, el rostro del ama de llaves que en silencio espiaba estaba poseída de la misma textura que el vinagre, habiendo confesado a alguna otra religiosa de apariencia sentirse enamorada de la borraja. Penas de aislamiento aunque la musa se sintiese enamorada de mi fracaso, lectoras en potencia de un tipo de literatura de la que nunca pensaban que iban a llegar a hacerse fieles lectoras, puro olvido entre el olvido del resto al ser empujado por aquel entonces hacia el vértigo, del ama de llaves nunca caté su veneno, una trampa moral, una extraña especie humana con potestad dictatorial para dictar decretos de suicidio en plena madrugada de misa en la capilla del sanatorio y ante el resto que la propia ama consideraba como distinguidos, muy mal veneno, preferir por eso a las musas aunque sigan traicionadas por las estratagemas del dios baco y del frenesí que inducía entre sus fieles, su existencia con ella era más llevadera, los pensamientos no eran tan insolubles, la risa mutua ante las posibles escenas de cama programadas nada tienen que ver con el atroz acto de que con una extraña sonrisa te inviten a un trago de ponzoña con la tiranización del entorno como principal efecto secundario, como si sacasen provecho de la desgracia sustrayéndonos los mejores momentos como pacientes en la estancia, no dejarte aniquilar al vivenciar la posible realidad de tantas escenas los dos juntos sobre el colchón.
Cuando cierro
El malogrado de Thomas Bernhard tengo que tomar aire para recuperarme de la asfixia y de tantos vivenciados recuerdos, me sentía como el protagonista, rememorador de suicidios de condena con el sonido de la música de un piano, en mi caso las notas de piano no eran tales, más bien un manojo de llaves cuando el ama atravesaba el patio, la psique nuestra entiendo que es demasiado compleja, frustraciones y deseos dignos de admiración por el resto, Thomas Bernhard nos narra de forma magistral cómo dos seres en principio de carácter fuerte son capaces de automutilarse sin saber exactamente qué es lo que pasaba, dejan de ser ellos mismos, el recuerdo de no saber nunca nada vuelve a asomar sobre mí, dejar de ser uno mismo por otras voluntades, la condena y la exclusión social en entornos reducidos, el libro quizás fue mejor no haber empezado a leerlo.

Un suicidio largo tiempo
calculado, pensé, no un acto de
desesperación espontánea
5 comentarios:
Es lo que tiene, si espiamos corremos el riesgo de ser espiados. un besito, buenas noches
el espionaje e sun juego de suma cero, como bien se nota leyendo a LeCarré
¡Ufff, tengo desasosiego después de leerte!, por cierto, he leído un poema, no una historia.
¿Sabemos las personas espiarnos hacia nosotros mismos?, yo creo que no.
Miguel
Hola soy Rociolat la del Talmud, me dejaste un mensaje en comentarios, lo cual me sorprendio porque si no leiste mi pagina es porque en tu navegador tienes un script que de seguro relentiza mi pagina, pero en si con todo los elementos fuera del body ( plantilla ) que tiene no tarda mas de 7 segundo en abrir, porque son muchos elementos y la idea es que abra rapido.
Intentanuevamente a ver que sucede, de todos modos gracias por pasar a visitarme.
A veces, cuando empiezas un libro ya es demasiado tarde.
Estas amas de llaves con carácter agrio son un clásico. Quizá haya una correlación entre las cantidades consumidas de borraja y ese tipo de espionaje de alcobas tan al uso de las Rottenmeier de turno.
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