Cástulo es un lugar repleto de soledad, un mítico lugar creado para huir de existencias insoportables, sus habitantes se han negado de forma rotunda a reconocer su pasado. En sus calles se respira una naturaleza muerta, una realidad tergiversada, un lugar donde no sabes nunca la verdad de lo que ocurre aunque siempre te mantengas a una distancia adecuada para la observación, la única recreación consiste en algunas condenas de lecturas fragmentarias de El lobo estepario. En el sanatorio mental el protagonista es un enfermo de forma voluntaria, vive una especie de relación amorosa y silenciosa con dos posibles amantes, el arte de la simulación lo vive el lector en estado puro, cada una niega serlo por más que se tengan entre ellas celos mutuos y guarden las apariencias de llevarse bien, no se soportan a la espera de que el destino y el transcurrir del tiempo las separen geográficamente de forma definitiva mientras el protagonista hundido por ambas en su propia miseria espera un tanto similar. Los rumores desencadenados en el sanatorio que han sustituido las realidades cotidianas de los extraños residentes y religiosas del hospital quizás sea lo mejor de la historia, la mayoría lo vivieron en directo día a día y de primera mano. Los adioses de Juan Carlos Onetti es un trío de adioses, un trío de amor sin sexo, el sexo hay que imaginarlo, huidas sin lógica a las tertulias de la cafetería Fleming, a los bancos de piedra de la plaza del Gallo, la desesperación por el aplastamiento de las grises paredes.