Círculos extraños

Caminos nocturnos. Gaito Gazdánov. Su lectura me ilustra sobre la mejor forma de atravesar la condenada oscuridad, me obliga a escapar a mí también del sanatorio antes que despierte la ciudad. Me dirijo por las vacías aceras hacia el Paseo de Cástulo, me sorprende verla a ella tan temprano, creo que no se ha percatado de mi presencia, debe de habérselo dejado con el pijama y los calzoncillos puestos roncando en casa y aparece en el paseo sin verme, lo que sí observa es esa extraña bola de grasa o manteca que es introducida por dos variopintos sujetos en el kiosko de los churros.
Sigue sin percatarse de ni anómala salida a esas horas de la madrugada del hospital, la churrería abre pronto, los operarios metalúrgicos de la cercana factoría desayunan churros con café con leche de pie en la barra, pero yo sigo al acecho de los actos de ella, ha escapado también de algo, es testigo en la madrugada de los primeros pasos de los obreros hacia la fábrica de vehículos que está al final del paseo, estoy vigilando lo que ella vigila hasta que son ellos, los que se desayunan los churros con el café los que me vigilan a mí, un extraño círculo que hace que todo me dé vueltas como esa bola de grasa que veía mi amiga introducirse en el kiosko.
Cuando me despierto es ya de día, no sé si he soñado con una escapada de madrugada del sanatorio o huí por un rato de forma efectiva. La enfermera de planta que luego acabó convirtiéndose en musa en parte por voluntad propia y en parte por voluntad ajena tenía la obsesión de desinfectar mis libros y mi diario escrito a bolígrafo cuando no me encontraba presente, de este último me comentaba que también estaba condenado a la esterilización para cuando cayese en sus manos, me acuerdo que no sé si era Vázquez Montalbán el que arrojaba libros al fuego, pero al perecer aquí creen que eso es otra historia y que los libros y diarios personales merecen antes que otra cosa un tratamiento ambulatorio y dispensario. También podrán quizás optar algún día al Premio Café Fleming. Por otro lado las sirvientas en el hospital del cuerpo religioso comentaban en silencio que mis escritos y mis libros merecían un sonoro escarmiento.
En pleno estado de angustia y sin quitarme el ojo de encima, la bibliotecaria del sanatorio me enseña algunos libros cuyo argumento se desarrolla en otro sanatorio diferente sin perjuicio de que éste último sea real o ficticio, pienso que el resultado no cabe ser más humillante, como si la prescripción médica consistiese en dejar de tener mi propio lugar en el tiempo y en el espacio que ocupaba en la habitación del presente hospital obligándome a transfigurarme a través de las letras y hacerme sentir como paciente de varios sanatorios distintos. La obligada lectura de La montaña mágica de Thomas Mann es el ejemplo más fino de lo que os digo.

20 comentarios:

virgi dijo...

Iba por la mitad y ya pensé en Thomas Mann y su extraordinaria novela. Casualmente, hace un par de días en otro blog también encontré un sendero que discurría por ella.
Un abrazo

La sonrisa de Hiperión dijo...

Senderos para no escapar nunca... Me ha encantado.

Saludos y un abrazo.

Lola dijo...

Por un momento me sentí dentro del sendero, incluso fuí capaz de captar una instantanea ¿la tendré en la cámara? Enredas con tus entradas amigo mío, todo un placer haberte encontrado en esta faceta de las letras. Besitos

Miquel dijo...

No la he leído. Prometo hacerlo. Gracias. Salut

Francisco dijo...

No sé cómo acaba sucediendo, pero cuando parece que ya te liberaste de las paredes del sanatorio, tanto más encerrado te encuentro...

Jan Puerta dijo...

Hay senderos cuyas palabras lo envuelven a uno.
Un abrazo

Myriam dijo...

NO hay nada mejor que tener buenas musas que te hagan compamía en el sanatorio, desinfectando diarios o sugiriendo lecturas.

Saludos

El magnetista dijo...

Un libro cuenta la historia de un sanatorio vecino donde suceden atrocidades.Luego, adviertes que ese sanatorio es el tuyo...

abrazo

Antonio de Castro dijo...

Mas que en Mann, yo pense en Fellini y en el personaje de Guido Anselmi.
Me gusta mucho la atmosfera neblinosa y como recreas el entorno en la que se mueven unos personajes que pueden ser reales, pero al mismo tiempo funcionan como proyeccion de las obsesiones del narrador.

Francisco dijo...

Interesante artículo en EPS de hoy sobre locura y poesía. Poemario llamado Mujeres-precipicio. Acertado ese guión que separa ambos términos, muy ilustrativo sobre la breve distancia existente entre los dos conceptos. Parla la autora de sanatorios, de la venenosa química necesaria para la estabilidad y de la soledad producida cuando se mitigan ciertas voces intrusivas (que en la carrera decíamos egodistónicas).
A nombre de Princesa Inca.

mjromero dijo...

Nunca he podido acabar a Thomas Mann, pero tu texto me ha parecido breve. Seguiría leyendo. Esa mirada vigilante que a su vez es vigilada y en una atmósfera inquietante... creo que daría para escribir más.

J. G. dijo...

bueno, es un capítulo más

Pedro Ojeda Escudero dijo...

¿Leer en un sanatorio obras que hablan de otros que viven en un sanatorio nos convierte en espejos de las enfermedades de otros? O viceversa.

LA CASA ENCENDIDA dijo...

Parece interesante este libro y este autor del quenos hablas. No he leído al autor ruso, pero creo que va siendo hora de que le busque.
Besicos muchos.

Rayuela dijo...

subí la montaña con Thomas Mann, pero no caminé con Gazdánov...deberé buscarlo.

sos muy original.

un abrazo*

Mixha Zizek dijo...

Un interesante relato, donde mientras me voy recreando en su lectura me vas dando datos de otras lecturas. Me gustó tu historia y tu final,

besos

Lansky dijo...

Sí: mereces un sonoro escarmiento

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Esto es lo que se llama empezar el día a tope. Buen post. Mann, leído antaño, debe ser recuperado. Hablo de mí, claro. Buen día, amigo.-

Miguel Ángel de Móstoles dijo...

¿Estás hablando de SANTANA, en Linares?, deduzco que sí.

A veces el camino es largo, pero eso no importa, nos encontramos cómodos en él.

No he leído nada de Thomas Mann, creo que me pierdo algo por no hacerlo.

¡Feliz dia!

Juanjo dijo...

Me parecería una terapia perversa. Una suerte de prisión perfecta en la que las rejas se las pone uno mismo.