Ágape otoñal

Las trabajadoras del cuerpo sanitario del Hospital de Cástulo vivían a escondidas su propia vida paralela ante la rigidez marital impuesta a la fuerza en el domicilio de cada una por el paterfamilias.
Existían dos caminos para desmentir la cuestión de este rancio estilo de vida, la opresión sanitaria hacia el enfermo mental o acudir a primeros de otoño a la prefectura, el triste festín consistía en un convite organizado por las fuerzas del orden a fin de que pudieran ver más de cerca los muslos de las mozas del sanatorio. Siempre le decía la misma frase antes de irse.

Cuidado, es una fiesta peligrosa, en la atmósfera de esa celebración se respiran los deseos ocultamente furibundos de los organizadores.


Por la cara que me ponía no se creía la descripción de esos horrores distintivos de esa absurda fiesta de otoño, se ajustó los pantys de rejilla, se enderezó la minifalda negra y partió hacia el banquete otoñal dejándome solo en el pabellón y haciéndome sentir humillado ante su extraña actitud de liberada institucional en contradicción con su otra vida de mujer sumisa y obediente. Me asomo al patio y veo que el conejo no está, ha desaparecido hasta la jaula, se lo han llevado a la fiesta.
Dejo de escribir y repaso, un relato breve buscado en experiencias pasadas, un relato selecto como la nueva versión inédita de Chet Baker piensa en su arte – Enrique Vila – Matas, vida narrativa la suya, pretérito narrativo el mío, la soledad mientras me paseo en el tranvía con la lectura de Correspondencias de Hugo Abbati aminora la velocidad del transcurrir de los minutos de trayecto hacia la redacción del periódico, uno de los fotógrafos me espera. El ambiente en el vagón se me antoja bernhardiano, dos se escriben mutuamente, hablan de todo, pero todo tiende hacia la autodestrucción.

Aunque te parezca increíble, ¿sabes lo que ocupa impensadamente mi cabeza en estos días?, aquel gato que vimos morir aquella tarde, cuando almorzábamos en el puerto, ¿recuerdas? ¡Hasta he soñado con él! Hugo Abbati.

Mientras llego al periódico me siento más nervioso por la lentitud del viaje, cojo el cuaderno y el pilot otra vez, ella vuelve de la fiesta en la prefectura, le miro las piernas para comprobar el grado de temblor, no me importa el posible olor a whisky, ginebra o pacharán, la aroma que me gusta percibir es otra.

Me gusta corresponder y ser correspondida.

Cuando suena su voz todo el resto duerme en el sanatorio.

Una frase que me resume el tremendo error de nuestra relación médico paciente viajando juntos permanentemente por el mismo habitáculo.

Al bajarme del tranvía casi tropiezo, el pensamiento en el arte de Chet Baker y esa frase que no sé dónde colocarla, quizás con ella y su recuerdo en la época de los ágapes de otoño:

Y, sin embargo, Joyce no descubrió nada que no estuviese allí...... siempre todo está "allí"

9 comentarios:

Lansky dijo...

Acabo de encontrame con un Castulo (sin tilde) que curiosamente se parece a tu Cástulo.

Céfiro dijo...

Sí, todo tiende hacia la autodestrucción y nada perdura. Y Joyce era un gran observador.

Miguel Ángel de Móstoles dijo...

Tal vez sea una forma de revindicarse: hacer lo contrario a lo que te digan.

Has creado una atmósfera muy espesa con este post, pareciera que estuviera dentro de un bosque con una niebla espesa y sin saber a dónde tirar.

¡Un abrazo!

Elena Lechuga dijo...

¿Dónde?

Myriam dijo...

¿Conejo o conejita de Play Boy?

La sonrisa de Hiperión dijo...

Siempre, en cada momento, siempre estará allí...

Saludos y un abrazo.

Antonio de Castro dijo...

A veces, el Hospital de Cástulo me recuerda al castillo de “El baile de los vampiros”, pero soñando en blanco y negro por el propio Polansky.
Aún no he leído a Thomas Bernhard, y supongo que debería hacerlo.

Antonio de Castro dijo...

(hablando de diccionarios, confieso que he buscado la palabra “ágape” en el de la RAE, para estar seguro de que quería decir lo que yo suponía)

Pedro Ojeda Escudero dijo...

...pero hay que saber mirarlo.