Las tiendas de color canela y Sanatorio bajo la clepsidra

El tormento mientras pasea el haber expulsado a alguien de la vida colocándolo en la residencia del margen, imaginando que en su bolso llevaba una careta que no sabía si colocársela al llegar a la vacía Plaza de San Francisco con el espectáculo de los relojes de David Padilla bajo el fondo de la catedral. La Colombiana aparecía cerrada y dormida, el edificio ya clausurado de la diputación provincial de Jaén sin las habituales caras conocidas de antaño para su viejo paciente en otro contexto de mediados de los noventa, un letrero le indica la proximidad de la calle Cerón, la obra extraña, obra artística que luego alguien hizo desaparecer confesándose ante el edificio catedralicio le hace sentir protagonista por la opinión de algunos lectores de Las tiendas de color canela (Bruno Schulz – Madurar hacia la infancia).
Vuelve a mirar los relojes detenidos, sabe que un día dejarán de estar ahí, su misión en darle una atmósfera extraña a la plaza de San Francisco, no será eterna como su vida junto a su paciente como aprendiz de escritor. Extrae de su bolso algunas hojas arrancadas al bloc que utilizaba como borrador y diario, se sienta en las mesas vacías de la Colombiana con su interior cerrado aunque nunca perdiera ese aire de cafetería de ocio y literatura para ambos sexos de la ciudad, nada que ver con los music halls de Cástulo, nada que ver con el extraño ambiente de esos relojes hay clavados en las baldosas de la plaza.
Cuando lee esas hojas de muchas tantas que en su día arrancó a su dueño observa que pertenecen debido a una absurda coincidencia con sus pensamientos de minutos antes atrás de cuando su paciente leía Las tiendas de color canela.

“Eran hombres del Gran Conejo, respetables y llenos de afectación, señores que acariciaban sus largas y cuidadas barbas.......”.

Le resulta extraño que entre la letra “n” y la “e” de conejo exista un tachón, donde dice conejo quizás quiera decir consejo, claro tampoco su representación teatral fue libre, quizás necesitó asesoramiento, tampoco entendía por qué anotaba frases de libros adaptando palabras a su antojo, por temas que ignoraba o para antes en un futuro y ahora en el presente lograr perturbarle su talante de bohemia liberada por las calles de Jaén como ciudad que no es aunque lo quisiera la suya leyendo la vieja reseña de Las tiendas de color canela donde por otra extraña coincidencia Bruno Schulz crea una lúgubre atmósfera como le creo ella al escritor hace años como paciente en el Sanatorio Mental de Cástulo obligándole por el silencio impuesto a hacerlo meditar en soledad recogiendo ahora ella el protagonismo en amplios escritos autobiográficos de eterno abarcamiento.
Cuando termina su café la Colombiana ha abierto sus puertas, de la Diputación de Jaén vuelve a salir el mismo hormigueo de personal de antaño que busca con desesperación las escondidas calles adyacentes a la Cerón, los relojes han desaparecido, sin embargo es hora de abonar la consumación y coger el tranvía de regreso a Cástulo tropezando con la paja y los detritos y cenar antes en el restaurante semioscuro del sanatorio. En su viaje de vuelta sigue leyendo las horas arrancadas de los borradores reseñados de Bruno Schulz, el padre del paciente está muerto no sospecha nada, el propio padre, es decir el muerto tuvo una muerte que arroja cierta sombra sobre la existencia en el lugar, Sanatorio bajo la clepsidra y Sanatorio mental de Cástulo con similares políticas impostadas de sanación mental con atmósferas de represalia y tratamientos de lectura en desuso. Habitaciones sumergidas en la penumbra, mira a su alrededor y contempla una escenificación literal de lo leído en los apuntes del escritor sobre lo vivenciado en ese clima tan particular, idénticos murmullos, las mismas penumbras. Acordes sórdidos, espacios turbulentos y alejados de la escala de la credibilidad. Desnuda en la playa con él bajo los nublos que desdibujan el azul marino habitual, inmejorable prólogo literario, ella como narradora, esos complots perversos, esa manera de sorprender su mecanismo por la espalda,....... (Bruno Schulz).
Pero esa primera apariencia engañaba, el escritor que no conoce a su futuro personaje, la tristeza en el ambiente se estaba fraguando en la primera época de esplendor, la última hoja arrancada le decía que él ya no se fiaba por entonces.


Plaza San Francisco de Jaén, obra de David Padilla.

13 comentarios:

Miquel dijo...

extraño lo del conejo...

Lola dijo...

Con la lectura de tu entrada me has trasladado a otro mundo, ese que igual nos toca vivir y mirarnos a traves del tiempo

Antonio de Castro dijo...

Ese reloj en la plaza parece simbólico, como si el mundo de ficción empezara a confundirse con el real y a apoderarse de él.

Elena Lechuga dijo...

Admiro tu forma de escribir. Ésta primera frase es digna en sí misma de que me incluyas en el top de lectores estúpidos, pero me flipa cómo combinas estructuras gramaticales que conjuran ambientes que se pueden oler. O eres un escritor de los de verdá verdadera, o yo, además de cursi in extremis, estoy pa´l encierro. O como decía mi profesora de Psicoanálisis: las dos cosas. Y por qué no.
Un saludo.

Esilleviana dijo...

Hola como estas? nos vemos en estadística.

Esilleviana dijo...

Tus palabras son muy evocadoras. Se pueden sentir como propias, como conocidas y muy familiares y, a la vez, no aludir a nadie en concreto o no señalar nada en especial. Pero siempre resultan muy alusivas (esto es lo que yo quiero creer...jjajja).

saludos

Céfiro dijo...

Se sale de tus escritos con el concepto del tiempo trastocado. Como redescubierto. Y me parece un gran mérito.

Andrea dijo...

POR FAVOR, ¿TE HA GUSTADO SCHULZ, ALTER EGO TUYO? ARDO EN DESEOS DE SABERLO. ¿Qué tal El tratado de los maniquíes? ¿O Las costureras? Recuerdo una frase que apunté: "¡Ah, qué poco exigían a la realidad! Todo lo tenían dentro de sí mismas". O "Sus ojos colmados de noche derramaban oscuridad con cada parpadeo".

Francisco dijo...

Andrea, está claro que le ha gustado, nos lo dice con su lenguaje críptico, Cástulo y los relojes no pueden más que evocar El Sanatorio bajo la Clepsidra. JG, ¿qué me dices de la metamorfosis del padre en cucaracha?
Un post solo no es bastante, exijo muchos post,uno por capítulo, al menos de Las tiendas.

Myriam dijo...

Por suerte hoy los sanatorios han mejorado mucho en polìticas, estructura y sanación.

Un Saludo

Miguel Ángel de Móstoles dijo...

Como no he leído al escrito que citas, estoy seguro que me pierdo en todo, o en casi todo.

Te diré que he tenido la sensación de estar sentado en la plaza, de sentir que el tiempo no pasa, y luego, cuando miro el reloj, han pasado horas.

¡Un abrazo!

Muñekita Cate dijo...

Tu blog está excelente, me encantaría enlazarte en mis sitios webs. Por mi parte te pediría un enlace hacia mis web y asi beneficiar ambos con mas visitas.

me respondes a munekitacat@gmail.com

besos

Catherine

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Ningún autor debería conocer a sus personajes.