Ha llegado la hora de que no cambies de acera cuando nos vayamos a cruzar o desayune en las mesas de la terraza, es un tiempo que ha quedado obsoleto el darme ese ficticio “me alegro de verte” cuando no había burladero en la fachada junto a la acera, todo tiene algo más, quizás lo mejor sea que rompamos de forma oficial, que dejemos de ser amigos, no nos conocemos, así no provocaré que recorras más metros para evitar verme, saludarme y podrás ahorrarte las pilas cuando le des al play para repetir la misma frase de tu alegría al contemplar mi presencia.
En un semáforo de peatones, no existe burladero en la Plaza de la Concordia, solución, hacerse el remolón para evitar la comunicación, retrasar los pasos, miro hacia atrás y la veo lejos, ha conseguido su objetivo, que yo me adelante a suficiente distancia para evitarnos.
España, sol, toros, guitarras, vino ¿y los humoristas dónde están? Primero una carta de cuernos, la vida literaria no escarmienta. Segundo un tren, seguro que expreso con compartimentos donde las vidas ajenas son compartidas en un pequeño habitáculo, los cuernos vuelven de regreso a mi mente, otro libro, otra historia, matar a la mujer del otro, Extraños en un tren pero no es el caso, aunque asome la nariz un policía de la secreta, no me desvío de la novela de Eduardo Mendoza Riña de Gatos - Madrid 1936, no lo merece, más cuando en este primer capítulo viajamos por una vía por la que sí circulan los trenes con las cantinas en las estaciones de parroquia real, todo se me vuelve extraño, un viajero de tren en sentido literal, el viaje del protagonista parece onírico, líneas de trenes reales y completas donde no falta de nada, con sus relojes colgados donde siempre tuvieron que estar, con sus viajeros, con sus maletas, con el humo de las locomotoras, con sus posibles carteristas, incluso con cartas escritas a mano que regresan a su origen en dirección contraria y por el mismo camino que antes vino su redactor, la anormalidad de viajar en tren, que realmente exista el tren, que otros protagonistas sean tus compañeros de viaje y las estaciones sean estaciones, no entiendo nada, de momento nada que ver con vivir despierto por esa vía sin trenes camino de Cástulo.
8 comentarios:
Parece mejor no cuestionarse demasiado y hacer el corte, profundo y definitivo...
Es difícil decir no volveré jamás, y más todavía cumplirlo.
El día que nos falten los trenes, habrá que inventarse algo.
Tengo pendiente de leer la última novela de Eduardo Mendoza.
¡Feliz fin de semana!
Para eso están los buenos modales, que no son sólo pura hipocresía como creen los adolescentes; así que lo mejor es ser educado y no pararse: saludar con un gesto de cabeza y seguir palante. (Lo que no es educado es pararse a hablar de banalidades y que se note -que se nota- que te revienta hacerlo)
[Riña de gatos, Mendoza = Galdos en malo]
[¿Mendoza bueno?, sí, aquel lejano de El laberinto de las aceitunas y El misterio de la Cripta embrujada]
..."Ha llegado la hora de que no cambies de acera cuando nos vayamos a cruzar..."...y ha llegado la hora de que yo no lo haga tampoco...Apunto.
A veces, viajar en tren es un acto voluntariamente excéntrico. Como andar por la calle y saludar a quien ni siquiera existe ya.
Es verdad, con la vuelta de las vacaciones vuelve la rutina, la diplomacía en las relaciones y los buenos modales.Y le tenemos que poner color al dia y hacerlo distinto. Tan complejo como entender algunas psicologías humanas.¡Feliz fin de semana!.
Me ha encantado la descripción que has hecho sobre esos trenes, los compartimentos, las estaciones, los relojes... Genial. Besotes, M.
En los trenes habita el dios de la tristeza, y los rieles son pecados embalsamados.
Abrz.
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