Cuando vuelvo sin más remedio a pasar por el palacio consistorial lo veo de nuevo, el desconocido se refugia de la llovizna bajo el arco del portón de la iglesia, hablar de nuevo o no hablar, difícil sacar algo en claro.
Mi señora madre antes subía a las funciones. A las tres y media de la tarde se fue el último coche hacia la capital, supe que volvería, que no se marcharía.
A pesar de la espesa humedad del ambiente y de mi discreta distancia, el aliento a alcohol que despide me hace pensar en el giratorio movimiento siempre en el mismo sentido de las agujas del reloj, o sea que entre el haber subido al Cerro por primera vez, y regresar a la parada para ahora realizar el inverso recorrido, le había hecho dar al minutero alguna vuelta más de lo que inicialmente había calculado.
¿Qué función? Si no ha subido nadie esta noche al teatro, hace años que se terminaron las representaciones, eso sí, la directora y la bailarina siguen ahí manteniendo el lugar.
¿La bailarina?
No se fíe, hablan de que suele hablar, pero en realidad nada es cierto, otras cosas se sabe, esa no es del todo seguro, además la jota segureña está cobrando fama por toda la provincia, ella baila, como lo bailado está como el día anterior lo baila sobre eso, y así mañana y todos los días, nada que bailar, todo aparente, el estipendio, ya sabe.
Sigo sin entenderle, me conformo con llegar al teatro y que esté la directora.
Tampoco se fíe, no me tome por borracho, ya le dije que mi señora madre solía ser espectadora de las funciones, se cuenta casi en silencio que el teatro en realidad no tiene directora, que más bien quien lo dirige es un director.
El indiscutible otoño, los transeúntes de la Rúa ignoran que hay función aunque alguno olvida esta ignorancia y según la directora del teatro habían subido a presenciar ese triste espectáculo contrastable con el más literal antónimo de las tristezas vitales. Las rubias están menos jóvenes en el camerino, ambas se colocan la máscara, me gustaría admirar a la que en un mínimo intervalo de tiempo es capaz de llevar dos o más máscaras al unísono con pasmosa habilidad sorteando insuperables obstáculos que cree imaginar que sufre durante la cotidianeidad diaria. Cuando se abre el telón suena la jota casi sin baile que ofrecer al espectador, alardes mecánicos para que la triste función del “reloj que nunca marca las nueve de la mañana”, las nueve y diez es la tardanza que conlleva el elevado y mecánico tono de voz de la directora teatral, las nueve menos diez porque el teatro está aún cerrado sin la apariencia disimulada de que con el paso de unos pocos minutos se llegue a las nueve, y, las nueve en punto donde la directora es puesta en ridículo por sus actrices para ampliar y divulgar su mal a los posibles espectadores que estén ahí a esa hora, toda una representación teatral sobre la misma función.
Se cierra el telón y nadie aplaude, se saben de memoria el final de esta triste comedia que hacía huir del teatro no sólo a las dos últimas actrices sino también a alguna que otra aprendiz que enviaba la Universidad de Interpretación y que osaba con poner los pies en el lugar, los pocos espectadores no quieren parodiarse a sí mismo para así dar gusto a la directora, salen de la sala cabizbajos y en silencio, ella les reprocha en el pasillo la negación del aplauso, aunque ningún miembro del respetable público le contesta, ese extraño juego que se traen de las manecillas del reloj cuando marchan, están a punto o ya han sobrepasado las nueve les deja con un permanente gesto serio y sombrío.
Miro otra vez el reloj, son mucho más de las nueve, casi llegando a las diez, cada vez más anochecido, ni un alma por la neblina Rúa, subo el asfaltado carril que accede a la fachada con una triste farola de la sala teatral, la veo de nuevo, está sentada con su oscura camiseta en los soportales, su sonrisa es demasiado forzada, así tiene que estar todo el día para que no salgan al exterior todos los sapos y culebras que habitan dentro de ella.
Estaba despidiendo al público, buenas noches, el teatro ya está cerrado.
¿Qué público? Usted sabe como yo que de aquí no ha salido nadie, está todo el mundo en sus casas.
Su rostro y rubio cabello sigue vigilando desde la ventana lo que hablamos los dos abajo, a pesar del vaho nocturno la veo, debe ser la famosa bailarina esa, es guapa, su rostro y ojos brillan belleza en la oscuridad, un viejo cartel colgado en la columna anuncia la próxima función, no pone fecha, se asemeja a un cartel con el tiempo detenido, dice algo así como el juego de las ventanas abiertas y cerradas, la misma dirección, otra actriz vendrá a la que seguro intentará anularle el resto de poca conexión con el mundo que le quede. Pienso en volver o no volver, hasta primera hora del amanecer no hay autobús, miro otra vez a la directora, no ha perdido su teatral sonrisa, recuerdo la voz de minutos atrás, sigo viendo una directora de teatro, ¿dónde dormir sin maleta y ropa limpia?, improvisar una hospedería con algunos derechos, seguro que no, apostaría el pescuezo que su sensibilidad y quietud permanecerían inalterables, y aunque la vuelvo a mirar, sigue sonriendo, un contexto de invitación engañoso y fuera del habitual con esa expresión, teatro y más teatro, reitero que no me creo esa sonrisa, quizás no sea ella.......
14 comentarios:
Está todo muy congelado, la bailarina y la directora, firmes como estatuas. Y no hay público!
¿Quién necesita público?
¿Se oye el ruído de un árbol al caer en el bosque si no hay nadie para escucharlo?
Ay, esas representaciones a teatro vacío, ese recuerdo Berthe Trépat en una rayuela sin numerar: nada más triste que ese telón que divide dos formas de decadencia.
En efecto esa directora de teatro es como una metáfora de sí misma, se articula en dos partes, la que es y no es al ser teatro y no serlo. Me gustó.
Hola J.G.
Es desolador, triste pero a la vez hay cierta esperanza. O es que me la imagino, no lo se bien.
Tanto vacío, pobres. Nada, ellos, el público, se lo pierde.
Besotes.
Hola, vengo a través de tu comentario en mi blog,mi isla.
Me ha sorprendido tu matiz en mi intento de poema.Jamás llamo poema a mis escritos con confianza...sé que nada de lo que escribo lo es del todo,sólo roza la poesía.
Como este escrito tuyo, donde tan surrealistamente adentras al lector al teatro de la vida,sutilmente veo la nostalgia, la tristeza, el abandono y el olvido.También el imposible retorno del pasado y el anclaje en un frustrante presente que anquilosa a los actores; en éste caso actrices de fondo:
La directora y la ¿bailarina?
Un escrito el tuyo que me pareció parte de un libro en pleno tránsito.
Un beso.
Vale... castígame porque... no he entendido nada, pero creo que vas a perder el autobús y el reloj mejor lo compras automático porque si anda con ese cachondeito es que se le ha saltado la cuerda!!!
En serio... el adentrarse en tus escritos puede ser un mundo... hay que estar dispuesta a naufragar... ¿verdad? Pero seguro que tienes salvavidas para tus seguidores... me hago seguidora... necesito salvarme siempre... Volveré!! Saludos
Quizá todo -la vida, el teatro-, sea un absurdo laberinto.
De nuevo por tu casa, y las cosas que nos dejas, estupendas. Siempre un placer.
Saludos y buen sábado.
¡¡¡Que empiece la función!! quiero ver como todo se desvela, como mi papel llega a tener un significado y de esa manera aunque no provoque el aplauso del público inexistente saber que papeles debo desempeñar de aqui en adelante....
tu relato es perturbador
me gustó mucho
abrazo*
Yo creo que es a la directora del teatro a quien no habria venido mal haber cogido ese autobus. Aunque si no lo cogio todavia, probablemente ya sea tarde para hacerlo.
Mágicas palabras
que suben en fila al escenario
de los teatros de la vida.
Gracias por tu comentario en mi blog.
La vida es como un teatro y nosotros somos sus marionetas.
Un beso.
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