Al bajarme empieza a verse la primera oscuridad de la noche que cae sobre el pueblo con sus calles algo desoladas, el desconocido asoma por la primera esquina, la rustrida piel de su rostro me indica como transeúnte o forastero venido de fuera que puede guiarme durante el anochecer por las callejuelas del pueblo para conseguir llegar a mi destino.
Voy buscando el teatro, acabo de llegar de la capital.
Ya sabemos de dónde viene, aquí nada se ignora, los murmullos, ya sabe…
¿Queda muy arriba?
Se llega pronto, la colegiala es la dueña y la persona que dirige el teatro, le gusta que sus funciones causen espanto al espectador.
El desconocido vecino sigue hablándome, por sorpresa me sugiere sobre la posibilidad de la conveniencia de tomar o no tomar el camino del teatro, me dice de forma ilusoria que la colegiala sigue en su residencia colegial cumpliendo estrictamente las normas establecidas, el tiempo se detuvo hace más de una década, de repente se calla antes de detenernos a tomar algo, la casa del pueblo en la Plaza de la Iglesia parece un buen lugar.
Cuando viene interioriza demasiado las escenas para luego no componerlas, tanto que para los vecinos es como si el teatro hubiese desaparecido hace ya unos cuantos años, si sube hasta allí arriba comprobará que sigue vacío.
Nos sentamos en la única mesa del bar, somos los únicos parroquianos de la noche, mi desconocido interlocutor y éste pasajero que no sabe qué función hay programada para la temporada.
En Jaén nos aconsejaron que no hablásemos mal de la dueña.
¿Nos han dicho? ¿Quiénes?
A veces venimos los dos, hoy traigo un guión nuevo. Quizás interese al pueblo, seguro que están hartos de silencios, no se conforman siempre con los mismos murmullos, quieren algo diferente, hágame caso, usted los conoce mejor que yo.
Desde el interior de la casa del pueblo se escucha el tránsito por la calle de una multitud de pasos, nos coge de sorpresa al haberse roto de forma imprevista el silencio de la Rúa, van todos en la misma dirección, con la excusa de mi extraño amigo me asomo al portal, son todos personas mayores, se dirigen calle arriba hacia el teatro, pueden llegar contando desde la penumbra casi a un centenar, había entendido y me había quedado medianamente claro que en los últimos años no solía acudir casi nadie a las representaciones. Me acerco de nuevo a mi amigo permaneciendo de pie.
Si logra dar alcance al grupo no se perderá, aunque lo dudo.
¿De que me pierda?
No, de que los encuentre.
Salgo de la casa del pueblo sin darle las gracias al desconocido, empieza a llover y no he traído paraguas ni anorak, dejo atrás la iglesia en el progresivo sentido ascendente que conduce hacia el cerro, el numeroso grupo de ancianos ya no se ve, quizás sea por la ligera niebla de minutos antes, para ser espectadores de la tercera edad caminan muy ligeros.
¡Oiga!, no me ha dicho su nombre.
Demasiado tarde para dar la vuelta, no hay tiempo que perder, tampoco me ha dicho él el suyo, la calle empieza a picar hacia arriba con constantes letreros en las callejuelas de la izquierda que indican que por ahí se sube al caco antiguo, otro día quizás venga a sacar alguna fotografía, ahora mismo conforme entro en la calle del Doctor Palanca todo se me vuelve similar a otro lugar, casas idénticas a otras casas, pero los abuelos que vimos pasar desde la ventana han desaparecido del todo, pienso que debo apresurarme, va a comenzar la función y seguramente sea el único espectador.
Consigo llegar por fin a la entrada, me asomo a su interior desde la cristalera, ni rastro de los abuelos, veo un bar con apariencia abierta aunque en estado de literal abandono, abro la puerta y penetro en su interior, una chica joven baja corriendo los escalones de forma apresurada, veo el terror en su rostro, huye de algo, casi es ensordecedor el ruido de sus tacones por su precipitada huida, no la conozco, ni siquiera me mira, desaparece por la puerta.
El teatro está cerrado a estas horas.
La dueña del teatro vestida de colegiala se me aparece en lo alto de las escaleras, guardo silencio en el primer momento, no me puedo contener hasta expresarle mi intención.
Quiero un papel en la próxima función.
Imposible, es lo único que se lleva aquí a la perfección, la burocracia. Funciones que se planifican para que luego no se representen, la actividad teatral se ha convertido en inexistente desde que dirijo el teatro.
La dueña se queda sola, en realidad estuvo sola toda la tarde, ni vinieron los abuelos a ver obra alguna, ni siquiera vine yo mismo a la Rúa esa tarde a solicitar mi inclusión en algún papel artístico, no hay papel para nadie, el papel existe aquí en los cajones y archivadores con total pulcritud, el orden, la organización y la perfección son los tres mandamientos del teatro, no se puede perder ninguno, los actores perdieron el suyo año tras año y mes a mes, en el escenario se declaraban rebeldes ellos mismos cuando sin embargo cualquier papel que me exigiese la inspección de la Consejería o del Ministerio de Cultura aparecería de forma inmediata pudiendo ser supervisado, entradas y salidas con su fecha, control de permisos de feria y fiestas, vacaciones y cualquier otro tipo de desenfreno, misa y recatamiento, cada uno con su papel guardado y colocado en el lugar correspondiente, en cualquier momento puede ser inspeccionado el papel de cada uno, todo en perfecto estado de revista y de limpieza, una limpieza permanente, limpio sobre limpio.
La dueña creyó haber escuchado los pasos de alguien en la entrada, en realidad no había nadie, no escuchó ninguna voz, ni siquiera tuvo que contestarle a nadie. La noche queda cerrada totalmente, sigue lloviendo, sonríe para sí misma, sabe que no hay autobús de Alsa de la Rúa hacia Jaén hasta la mañana siguiente.
6 comentarios:
A veces los lugares se convierten en laberintos.
Una burocracia perfecta
mañana termino.
buenas noches
:)
no sé qué pensar...
¿cuales son los tres mandamientos del teatro? el orden, la organización y la perfección;
el teatro es un espectáculo del pasado?
eres crítico de cine, teatro y demás representaciones?
un abrazo
La burocracia por la burocracia, la niña que huye y la dueña que sonríe: el viajero haría bien en esperar el próximo Alsa bien lejos de ese teatro…
Los teatros no debieran tener dueño/a, sólo actores y tramoyistas.
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