La Tramoya


Un señor haciendo fotos.

¿Dónde? ¿Aquí en Zara?

No, está en la calle, pero las fotos se las hace a los maniquís de Zara.

Dentro de Zara Glories una rubia alta, debí suponer que era la encargada obediente de la morena cajera más obediente aún de la primera.
La calle se torna policial, los estáticos maniquís que aparentan caminar hacia el exterior son temidos por las dos de que cobren vida e inmortalice la supuesta parte vital de lo inerte e inmortalizado, la Plaça les Glories dejó de ser lo que fue, en los mismos metros cuadrados dentro del agua perdí la inmovilidad nadadora hace décadas, hasta nadar mariposa y espalda aprendí con aquella guapa monitora, una fatiga inútil, la vieja factoría enseñaba a nadar a través de esos contratados monitores por el club deportivo a los hijos de los empleados, el metro de Glories con foto distinta por diferentes obras en el exterior era testigo mudo con el fugir ferroviario del transcurso de los años. Es inútil sin penetrar en Zara Glories reclamar aquel espacio de tiempo y metros cuadrados que un día fueron tuyos.
Cierro Detritus de Samuel Beckett, en el Restaurante la Tramoya esperamos un año más a Enrique Vila – Matas, el triángulo despreciativo hace efecto de vértice a vértice, llegar despreciado por quien busca algo mirando hacia otro lado un inútil aprecio, el público el mismo y la obra es la misma, algunos actores estorbamos, inútil hacerse querer, algún que otro comensal es transformado en invisible por puro arte del tramoyista.
Esa misma mañana leo en El País un frase de Beatriz Corredor: “no estoy en ninguna trinchera ni reniego de nada”, M vive en carnes lo que no debemos de consentir y más cuando es contra nosotros mismos, permitir lo no permisivo, hay que evitar a tiempo que se hable del tema en el futuro, el camarero toma nota, desde la ventana contemplamos impasibles el solitario ambiente barcelonés de la Gran Vía navideña, recordar lo soñado, se has había apañado para internar verse conmigo en solitario, Cástulo no parecía Cástulo, mi vieja admiradora es vista en distintas dependencias, una visión diferente, imagino mientras traen el primer plato que había despertado, prefiero encontrarme allanándome a su propósito, disfrutar de lo evidente sin moverme de la cama, estoy seguro que ese imprevisto despertar nos privará del solitario e interiorizado encuentro.
Lectura también casi de postre de Los asesinos lentos de Rafael Balanzá, intenso con final inesperado, el mismo llega tan lento que al protagonista no le queda otra que llegar al final de otra tacada distinta. Cojo de nuevo la carta, repaso los platos que no pedí pero que pude haberme comido, esa misma mañana en La Casa del Libro de Barcelona me inspiró para relatar algo, no me atrevía, la idea de narrar lo vivenciado en locales ajenos y casi sin tiempo me hizo pensar que debía esperar a coger el boli y el bloc cuadriculado durante las horas previas a la noche o luego más tarde en Sabiote. Fui un posible cliente esa mañana con libros ya adquiridos con el leído después Detritus de Beckett que no dejo de forma compulsiva de mirar más posibles adquisiciones en la estantería antes que de repente un librero de la Casa del Libro me llamase la atención invitándome a dejar de contemplar los libros a la venta, al parecer en el suelo y a mis pies yacía una cliente de edad avanzada en estado de desmayo en cuya presencia no había reparado, la señora necesitaba aire, un aire que yo le quitaba, el librero calibraba bien la situación, un serio aspirante a ocupar la cuarta hamaca del contigua en mi habitual aunque versionado destino veraniego, no me sentía dispuesto a que ocupara un lugar junto a mi lado y junto a mis tres mujeres de protagonismo fijo en esta historia, preferí devolverlo a su lugar, a su mostrador de información bibliográfica de la Casa del Libro, en ningún momento me eché sobre la mujer desmayada, aunque gracias a la sugerencia del librero llegué a creer que sí.
Cuando alguien abona la cuenta, dejamos atrás la Tramoya, otro año más u otro año menos, el año que viene no vendremos sugiere una voz, yo seguiré esperando a Enrique Vila – Matas, un año u otro caerá, ¿para qué necesitamos al resto?



Interior del Restaurante La Tramoya. Fotografía de Jesús Garrido.

7 comentarios:

Eastriver dijo...

He pasado por esas mismas calles, supongo que esperando también a Vila Matas (aunque cada vez más pienso que tiene un cuento que no veas...). Da igual, los maniquís me acechan y yo sigo pensando que seguro que nos hemos cruzado en la Tramoya o en qualsevol altre racó d'aquesta ciutat nostra.

Miquel dijo...

yo creo que los maniquies son alienígenas que están preparados para invadirnos ...simpre tab observadores, tan quietos, tan sumisos ...pero hemos de llevar cuidado....psssss . salut

Lansky dijo...

dentro de poco los maniquies serán empleados que permaneceran haciendo posturas, saldrá más barato

El Joven llamado Cuervo dijo...

Si dicen que pasará Enrique, yo también me quedaría esperando...

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Es curioso, en algunos lugares, cuando uno hace fotos, temen aun que les robemos el alma. Como si tuvieran.

Antonio de Castro dijo...

Eso: con Vila-Matas (o Beckett), ¿para qué necesitamos el resto?
(En la Calle Real de La Coruña había un cine muy bonito que se llamaba Cine París, donde ahora hay una tienda de ropa en cuya fachada, eso sí, han conservado el cartel del cine, aunque la fachada ya no tenga nada que ver con la original.)

Manuel dijo...

Me gusta tu blog y en especial el articulo de Zara, me imagino lo dificil que es hacer fotos en ese entramado, maxime despues de las ultimas noticias.Mi opinión,claro,como fotografo es ilustrar algo mas los articulos.Se nota que te gusta escribir a mi se me hace muy cuesta arriba,saludos