
Hablamos de comedia, vivo la consistente en saludos de compromiso, ya sé quién eres, dónde estás, puedes fiarte de mí, nuestra relación termina, no pasas del atento saludo con forzada amable mirada, más seriedad donde estás ahora, quizás ignores el mundo de posibilidades que se te abre donde tú estás y más donde estoy yo, quizás tantas o más por el número que donde antes estabas, hace falta más estrechez, indignaciones insufribles que amenazan entre dime voy y direte vengo con desarrollar una cierta infidelidad a la hora de la verdad.
No es otra mi comedia que vivir en el interior de las letras debido al desprecio que percibes, el que nadie te quiera en tu mesa, que te saluden los de la mesa de al lado cuando pasas por su lado excepto aquel que posee la gran virtud de escucharte, su saludo es más sincero, más efusivo, los otros guardan silencio tras su discreto hola, la quietud que precede al disparate, al boca a boca, respetan el que te estreche la mano mientras su mirada de reojo es decorada encima de las canas que peina con el signo de interrogación suspendido en el vacío boca abajo con el punto ortográfico desprendiéndose por la ley gravitatoria, cayendo al suelo rodando por el resto de las mesas y pies de los comensales sin ser visto o hallado hasta la hora de que pase la escoba el personal de limpieza una vez conclusas todas las degluciones con sus disimulados eructos gaseosos mientras otros habían salido a la puerta una y otra vez a intercambiar con invisibles interlocutores mensajes orales con su teléfono móvil.
Desaparezco como aprendiz de artista, me oculto, me adentro más en mi propio anonimato remitiendo al curioso a mis anteriores fragmentos de la vida cotidiana, una mirada casual de la vida, visión azarosa, capturas improvisadas, escenas inopinadas, instantes fijados más con el tacto y la nula visión que con la puesta en práctica de algún tipo de teoría o práctica, el espectáculo de la vida ante mis ojos donde lo que prima es la sorpresa.









