No siempre la manola sirve para darte consuelo, no siempre su búsqueda y consecución mutuamente compartida es el remedio a los males y pulsiones negativas que voy arrastrando desde que me ingresaron y dieron de alta obligatoria en el Sanatorio Mental de Cástulo. Hoy por la mañana al salir del oculista he decidido poner fin a todo acabando con mis días, el primer tranvía que pasara por el Paseo de la Estación en sentido descendente iba ser el arma que me provocara la autolisis fatal. La visión la iba perdiendo con el paso de los días como efecto secundario de ese desahogo, los raíles a los que pensaba arrojarme no los veía con la misma nitidez, el desahogo con la manola se convirtió en el sanatorio en un mal endémico que todavía arrastro.
El tranvía no va a venir de momento, todavía siguen las obras – me dice una conocida voz del horario laboral al que no acerté a adivinarle el rostro por mi incipiente ceguera.
Mira que me lo advirtió hace décadas aquel párroco de Santa María de Mágina, o te quedas ciego, o no creces. Ahora si me arrojo al tranvía que todavía no sé si vendrá es como renunciar a todo, a mi propio aislamiento al que fui condenado durante aquellos años, a los pocos amigos que me quedan, a la literatura, a Vila – Matas que sigue escribiendo en El País. No podré terminar de leer Bartleby y Compañía al haber ido perdiendo la visión al igual que perdí a mis compañeros pacientes mentales como yo en el sanatorio y que al final se enteraron de que soy un mal personaje que deambulo entre relato y relato. Pero ellos no saben que uno de mis sueños de siempre fue el arrojarme a las vías de un tranvía que no existe al estar en construcción.
Si te tiras a la vía, lo más que puedes hacerte es descalabrarte y te tengan que dar puntos en el Cristo Rey.
Quizás tenga razón el anónimo que pasó por ahí y me lo dijo, pero aún ni eso y más cuando en el lugar en el que pensaba suicidarme ya estaba cementado y adoquinado, pero sólo por el hecho de mencionarme el Sanatorio Cristo Rey volví a rememorar en mi hueca cavidad cerebral lo sufrido en el de Cástulo, me quedaría sin leer o que me leyera alguien lo publicado hoy en Diario Jaén por Arturo Gutiérrez de Terán sobre José Viñals. Desconocía la faceta escritora de Arturo, cuando me lo han leído al oído me ha gustado, le animo a que escriba más, su vida hasta ahora ha dado mucho de sí y seguro que tiene muchas cosas y anécdotas que contar de la vida cultural en la capital de Jaén y su provincia.
¿Pero cuántas te hacías cada día? – me preguntó el oftalmólogo.
Las primeras gotas de lluvia hicieron que todos los operarios de las obras del tranvía se refugiaran en el quiosco del parque volviendo mi persona a sufrir junto a los metálicos raíles una leve soledad de la que todavía me siento inmunizado, la soledad junto a la vía del tranvía, la soledad en las cuatro paredes, en el gris pesillo, la manola como consuelo, al oculista no le importaba el número, sí el frenar mi progresiva ceguera que no me dejaba ver algunas cosas, la compañía discreta, preparada y artificial, aquellos años estuve más ciego que ahora que soy adicto a las vías de tren o tranvía vacías, la amistad posee unos enigmas complejos según me han leído que cuenta Felipe Morente Mejías en Diario Jaén, no sé quién es, Arturo sí, los dos han escrito en la misma página sobre el poeta José Viñals, Felipe Morente no supo resolver esos enigmas, en eso se parece y piensa como yo.





















