Viene la noche (3)

A partir de la página 104 y con los ecos de la lotería, entramos en una navidad que sin haber leído nada a partir de esa página nos lleva este nuevo tirón lector a la 198 como el día de año nuevo. En principio y por más que se diga que viene la muerte, que si la antesala y demás mandangas fúnebres yo sigo viendo rutina urbana, luz y vida en aparente esplendor. Movimiento urbano, vacaciones, viajes, no falta nada. La frase más subrayada, quizás la mejor y todo por mis postulados proferroviarios de la trilogía es “....un lugar sin ferrocarril no tiene ningún interés, está al margen de la civilización y de lo habitable....”. A la provincia de Jaén llega una línea desde Albacete y Utiel, una línea más triste que las propias localidades sin tren que narra Óscar Esquivias, a cualquiera le invitaría a ver el trazado que hoy sigue siendo un camino de recorrido infinito pasando por esas frías y silenciosas estaciones sin reloj que nunca lo fueron y nunca vieron pasar el tren. Albacete o Utiel en su caso era el inicio, Cástulo como final del recorrido, y esa línea de tren inexistente sigue ahí, a la vista del viajero que viene de Albacete a nuestra provincia decorando el viaje por carretera con algo que quiso ser y nunca lo fue. En mi caso, una visión que la llevo viviendo desde la infancia, como a Benjamín, uno de los protagonistas de Viene la noche. Todavía un puente de esa carretera entre El Robledo y Alcaraz (Albacete) que cruza esa inexistente vía, anuncia al conductor sobre la línea del tren que nunca pasó ni pasará por ahí. De repente me incorporo, por primera vez esta tercera parte me desazona sin saber lo que viene, en la narración asoman el título de las dos primeras obras de la trilogía, sean La ciudad del Gran Rey e Inquietud en el paraíso, dos libros dentro de otro que es el mismo, me suena la historia, cada vez estoy más convencido de que Óscar Esquivias hubiese disfrutado de lo lindo como observador en el Sanatorio Mental de Cástulo. El pasado se literaturiza y se convierte en regalo, y si al poco tiempo asoma algo la muerte es en forma de enfermo. Ahora Burgos solitario con extraños semáforos parpadeantes, hermosa atmósfera de soledad estilo sanatorio en Cástulo sin semáforos, ojo es nochebuena y por un momento me da por pensar que la misa del gallo sea el cebo que los haga caer en la trampa, pero no. Después una carta, sorpresa, no es una carta sorpresa, es una sorpresa el leerlo, el libro Viene la noche que tengo en mis manos de forma física lo toco, lo leo, lo miro por las portadas, lo vuelvo a tocar, lo giro y lo pongo con las letras al revés, al parecer está todavía sin publicar, no existe, una carta o reseña de los dos primeros tomos anuncian lo que no es o sí forma parte de no sé qué, me estoy volviendo loco, me incorporo otra vez, el catarro se me va a curar de golpe con los sustos de Esquivias, el autor convertido en personaje, ambos dos somos el mismísimo interior del Sanatorio Mental de Cástulo. Personajes que se tornan verdaderos, o no, todo es o debe de ser una escala dentro de la misma ficción. Suenan las campañas de fin de año.

Viene la noche en la Estación de Cástulo durante los albores de los primeros capítulos de la historia

La Pilota Transhumant (2)



Solicité tener a Pili en casa con nosotros unos días hace ya varios años, una locura de tantas de mi extraña vida como paciente en el Sanatorio de Cástulo, al final todo llega y la tenemos aquí como una invitada o miembro más.
Pili es como se conoce comúnmente a la Pilota Transhumant, ostenta el curioso récord de ser el balón con pases largos fuera del estadio al no jugarse ningún partido, simplemente nos la pasamos unos a otros a través y gracias de la afición fotográfica compartida en flickr.
Al llegar a casa lo primero que le propuse es darse un baño entre alguno de mis libros eligiéndose como no podía ser de otra forma en casi toda la obra de Vila – Matas, no está mal el recibimiento, seguro que a Enrique Vila – Matas le hubiese gustado estar, pero como tampoco sé si me lee o conoce a Pili espero dejar la cosa como mero testimonio.
Ha visitado ya Nueva Caledonia, México, EEUU, Perú, Suiza, Inglaterra, Portugal, Alemania, varias vueltas a España, y lo que le quede, la lista es larga y ahora la tengo yo hasta que diga de soltarla.
Ahora toca visitar la ciudad, la nueva catedral, las vías del tranvía, la Colombiana, el exterior de Diario Jaén (en este exterior creo que están en su fachada las letras más grandes de la ciudad), vamos a retratarnos sin ton ni son. Pili viene también con una libreta de bitácora para firmar y ser despedida hacia otro lugar, de momento no quiero pensarlo.

Atrapatontos

El fin de semana me aporta experiencias diferentes aunque no por ello menos vitales que otras. Descubro que existen escritores que han publicado libros ya agotados y que no se quedaron algún ejemplar ni para ellos mismos, un ejemplo de autor es uno que no digo su nombre favoteado por Enrique Vila – Matas que se va a convertir este último en doblemente leído al publicar de nuevo su obra en otra editorial de bolsillo que no es Anagrama, Nunca voy al cine que nunca tuve la oportunidad de leer es el claro ejemplo que os pongo, Vila – Matas dispuesto a probar su propia medicina, ser víctima de las relecturas que tan bien aplica a otros.
Me tientan virtualmente con nombre de mujer, me tientan con autores raros, escritores que dibujan, conozco profesores de dibujo que también son escritores y escritores que crean su propio negro virtual, la red se convierte en eso, en una red atrapatontos donde se manipula y se intenta influir sobre los gustos literarios proponiéndote lecturas de soslayo para volver loco a libreros antes de que éstos te tomen a ti como tal, libreros que por otra parte se leen lo más selecto de su catálogo expuesto a la venta, bibliografías agotadas por tanto más por el ansia lectora del vendedor de libros que por la venta en sí, aunque existe una posibilidad extrema de lo que os digo, no va a ser imposible del todo, eso sí, algo extraña. Me lo han puesto difícil, lo reconozco, no escarmiento.

Círculos extraños

Caminos nocturnos. Gaito Gazdánov. Su lectura me ilustra sobre la mejor forma de atravesar la condenada oscuridad, me obliga a escapar a mí también del sanatorio antes que despierte la ciudad. Me dirijo por las vacías aceras hacia el Paseo de Cástulo, me sorprende verla a ella tan temprano, creo que no se ha percatado de mi presencia, debe de habérselo dejado con el pijama y los calzoncillos puestos roncando en casa y aparece en el paseo sin verme, lo que sí observa es esa extraña bola de grasa o manteca que es introducida por dos variopintos sujetos en el kiosko de los churros.
Sigue sin percatarse de ni anómala salida a esas horas de la madrugada del hospital, la churrería abre pronto, los operarios metalúrgicos de la cercana factoría desayunan churros con café con leche de pie en la barra, pero yo sigo al acecho de los actos de ella, ha escapado también de algo, es testigo en la madrugada de los primeros pasos de los obreros hacia la fábrica de vehículos que está al final del paseo, estoy vigilando lo que ella vigila hasta que son ellos, los que se desayunan los churros con el café los que me vigilan a mí, un extraño círculo que hace que todo me dé vueltas como esa bola de grasa que veía mi amiga introducirse en el kiosko.
Cuando me despierto es ya de día, no sé si he soñado con una escapada de madrugada del sanatorio o huí por un rato de forma efectiva. La enfermera de planta que luego acabó convirtiéndose en musa en parte por voluntad propia y en parte por voluntad ajena tenía la obsesión de desinfectar mis libros y mi diario escrito a bolígrafo cuando no me encontraba presente, de este último me comentaba que también estaba condenado a la esterilización para cuando cayese en sus manos, me acuerdo que no sé si era Vázquez Montalbán el que arrojaba libros al fuego, pero al perecer aquí creen que eso es otra historia y que los libros y diarios personales merecen antes que otra cosa un tratamiento ambulatorio y dispensario. También podrán quizás optar algún día al Premio Café Fleming. Por otro lado las sirvientas en el hospital del cuerpo religioso comentaban en silencio que mis escritos y mis libros merecían un sonoro escarmiento.
En pleno estado de angustia y sin quitarme el ojo de encima, la bibliotecaria del sanatorio me enseña algunos libros cuyo argumento se desarrolla en otro sanatorio diferente sin perjuicio de que éste último sea real o ficticio, pienso que el resultado no cabe ser más humillante, como si la prescripción médica consistiese en dejar de tener mi propio lugar en el tiempo y en el espacio que ocupaba en la habitación del presente hospital obligándome a transfigurarme a través de las letras y hacerme sentir como paciente de varios sanatorios distintos. La obligada lectura de La montaña mágica de Thomas Mann es el ejemplo más fino de lo que os digo.

Indicadores que no indican nada

Al cerrar el libro me acordé que aquella mañana de día laboral de hace ya más de dos meses me sentí como El perro que comía silencio – Isabel Mellado, pero no quiero hablar de este magnífico libro de relatos editado por Páginas de espuma sino de otro extraño café que tomé con dos amigos en la Colombia 50 junto a la Diputación.
Mi amigo sigue existiendo, mi otra amiga de sexo femenino también, pero a veces he pensado que la reunión o encuentro no era tal, como si no estuviese sucediendo. También me sentía como el protagonista de algo a pesar de que cuando a los pocos días desayunando en la Cafetería Batallas en la zona judicial con los ya habituales me lo encuentro por sorpresa provocándole que su saludo hacia mí fuese comprometido, como si mi persona hubiese venido de repente mucho más a menos de lo que normalmente está.
Cuando me alejo de la cafetería vuelvo a pensar en él, no sabe que en otro contexto también lo tengo cerca, lo guardo en un cajón junto a otros en su misma situación, quizás el primer café que menciono arriba en la Colombiana era la excusa perfecta para el punto de partida de un guión, aunque si se sintieron guionistas por unos minutos no imaginaban que el dueño de mis guiones soy yo, como mucho pueden aspirar a inspiradores, pero nada más.
Total que como decía antes es como si guardase a mi amigo en el interior de un cajón y lo contemplo cuando me place sentado en el sofá del salón mientras permanece introducido en un tarjetero de dos tiempos o épocas con visión transparente gracias a un plástico protector. Me entregan tarjetas de visita y las guardo como si las coleccionase, en algunas de las que aparecen cuando abro el tarjetero la situación sigue actualizada y permanente donde el que figura sigue siendo lo que es y ofrece impreso en la misma, en otras se ha llegado a un estado extraño del sujeto con respecto a la posición obsoleta reflejada en la tarjeta debido seguramente al transcurrir del tiempo, simplemente dejó de ser lo que era y anunciaba en su tarjeta, como si en esta se leyese un nombre y cargo que se mantienen guardados en una especie de silencio sepulcral. Este último tipo de tarjeta de visita me provoca una honda tristeza unida al abandono, ver lo que un día fueron y ahora ya no son, observar una caduca representación de gabinete vicepresidencial, una gestión municipal cultural, entre muchos ejemplos. En uno de los casos nunca imaginé que acabaría con mis huesos antes o después en el Sanatorio Mental de Cástulo, en el otro sucedían las cosas durante mi época de paciente. Estas caducadas tarjetas de visita siguen y seguirán reflejando lo que no es por culpa del discurrir de las horas y de los días, una información plasmada pero detenida como un reloj de estación por la que dejaron de pasar lo trenes y que nadie fue capaz de poner en hora. Tarjetas de visita que quedan sin reinventarse mientras nosotros por un lado envejecemos persistiendo en nuestro propio silencio como testigo de todo mientras ellas se quedan encerradas en su tarjetero en calidad de indicadores que ya no indican nada.

Viene la noche (2)

El poco diálogo de la novela te traslada al Sanatorio Mental de Cástulo. Mucha narración, más descripción y menos conversación, ella y yo ya no nos hablamos, todo en una época en que el ibuprofeno y el teléfono móvil están de moda. El diagnóstico fue claro. ¿Qué hubiese pensado Óscar Esquivias de este peculiar tratamiento literario?

No soy rencorosa, pero bastante has metido la pata.

La panacea es el silencio, la conversación ha bajado de nivel, aunque yo insisto y persisto sin éxito, forma parte de mi personalidad, ha que sacarle rédito, que lo interpreten como quieran. Sigo pensando sin remedio en las humedades oscuras que dejé sin explorar.
Mientras me encierro como castigo en la biblioteca, sigo con Viene la noche en el día siguiente, también me siento algo turbado con la extraña normalidad planteada, en efecto predomina la narración, los personajes parecen seguir viviendo un supuesto día por decirlo así que precede a algo y detrás de algo que no sabemos quizás de momento lo que es. ¿Un paréntesis literario obligado? Igualmente el tiempo juega a favor por la mañana, y como veo que falta mucho para la noche no quiero que cese este extraño baile de figuras en el sanatorio de Cástulo, viajo por su interior durante el día en plena oscuridad.

Locura

Nos vemos en la Antigua en Bernabé Soriano, inmejorable lugar para hablar de libros con una mujer desconocida con olor a café. Mientras la espero leyendo El País vuelven a aparecer los fríos saludos de los amigos de siempre, se siente uno colocado en una situación permanente, en la de siempre, el momento de gloria por los pinitos artísticos resultó ser efímero y pertenece ya al pasado, los dos siguen su arquetipo y aunque controlen sonoros protocolos institucionales la amistad sigue tan abstracta e insalvable como siempre estuvo. La vida es movimiento, todo fluye en apariencia, las relaciones humanas son las que se mantienen en estado estático, imposible entrar o salir, un ceda el paso eterno, capítulos de películas escritas donde sólo se mueve el minutero, nosotros sin movernos tenemos algo que nos arrastra siempre hacia el mismo punto.
Locura es su seudónimo imagino, mi amiga es aspirante a escritora de relativo renombre, no la conozco, no sé cómo es, ignoro su edad, es la primera vez que quedamos para tomar café aquí en Bernabé Soriano, había llegado sin ser vista, escribe sus capítulos novelísticos de año en año, pienso que en algún relato anterior y sin conocerla por esa antigüedad del capítulo nos topamos en otro café quizás en Granada donde intercambiamos nuestras miradas y después para dejar un hueco en la escritura de su libro durante doce meses aproximadamente nos fuimos cada uno para un lado volviendo los dos la cabeza hacia el sentido contrario de nuestros pasos, citándonos ahora aquí en este café en una ciudad que no es la suya donde nos despediremos hasta dentro de otro año.
Igualmente aprovecho el tiempo, nos sirvieron el café al unísono, la tengo ya delante y no soy capaz de preguntarle su nombre, le comento que me causa notable admiración sus largas ausencias así como la manera de lidiar con el abismo. Me contesta que utiliza el viaje en el tiempo sólo a efectos literarios para indagar sobre la falta de comunicación y las relaciones personales distantes, esto me hace recordar a los dos amigos que entraron antes y yacen al fondo tomando también café. En lo que ambos estamos de acuerdo es que la literatura debe ser utilizada como metáfora para relaciones fracasadas.
Apuramos la taza de café, conocer a esta nueva escritora de itinerarios literarios que conviven con largos tramos de vacío me hace sentir más extraño que otras veces, sus capítulos y su historia avanzan más despacio que su propia vida, el final de su novela pienso que sería demasiado oscuro, vivir a destiempo de lo que se experimenta.
No la dejo abonar la consumición, queda bien decir que he invitado yo, quiere coger la Alsina Graells de las 18:30 hacia Granada, es difícil que vuelva o que nos veamos, aún así nos obsequiamos con dos besos, ella y su argumento escrito a destiempo seguirán viajando a distinta velocidad.
Cuando vuelvo a quedarme solo veo a mis otros dos amigos que siguen sentados al fondo, ellos no se han movido.

Brillan monedas oxidadas

Juan Eduardo Zúñiga. Brillan monedas oxidadas. Turba y perturba, el arte épico del autor se plasma con la osadía de traernos hasta un sobrino de Franz Kafka sin que el relato pertenezca a alguna desconocida antología de gazapos ni haya seguido intrucciones de Julio Cortázar. Inquietud y frustración vital, un capítulo más de la literatura deprimente de la que soy acusado de leer últimamente por mis progenitories en el Café Vilet de Vinarós.
Un espejo literario para los que vagamos como perdedores en este microuniverso virtual. Una película escrita, películas escritas más bien, es un libro de relatos con personajes que como muchos también se asoman al abismo sin precipitarse.



Desórdenes emilianos

Durante la espera a mi amigo en la redacción intento no caer en ningún tipo de desorden emiliano. Esa mañana llego temprano al periódico, preparo como siempre café con croisanes calientes e ilumino la estancia para el recibimiento mañanero de los habituales compañeros, para mitigar la impaciencia por la llegada del citado amigo me había bajado a la oficina un ejemplar de Desórdenes emilianos de Manuel Holgado, una agradable lectura con la que intento no caer en ningún desorden de esa denominación.
Pasan los minutos y se va haciendo de día, el diario local de mayor venta y repercusión ya se encuentra instalado por toda la provincia para su venta, desde esta última planta controlo que llegue a todos los rincones con todo ultimado y preparado para solventar cualquier improbable incidencia. Contemplo desde la ventana con cada vez más desasosiego por la espera cómo van arribando envueltos en bruma los primeros tranvías que proceden de Cástulo con los rotativos de la mañana de esa ciudad de los que cada día el conductor del tranvía nos deja en la puerta algún ejemplar. Siempre las mismas noticias, igualmente y aunque sea otro día más leo mientras sigo aguardando la llegada de mi amigo que baja de Jaén, lado totalmente opuesto al de Cástulo.

A la doctora de guardia le van a inyectar un calmante. Me ofrezco voluntario para la faena a pesar de ostentar todavía la categoría de paciente.


Huele a rata muerta, olores revenidas que nunca se disipan.

Siempre la misma retórica para que los demás elucubren sobre lo mismo, las noticias de Cástulo no son buenas, Cástulo información entraba de forma paulatina en un estado de monotonía noticiosa sobre lo concerniente a su ciudad. Aquí en Jaén las noticias son diferentes siempre, mientras los tranvías desaparecen hacia el interior de la ciudad otros asoman del interior urbano a la altura de la Bariloche por esas vías instaladas sobre el verde césped. Vuelvo al libro del escritor y fotógrafo salmantino con una intranquila sensación ante la pronta llegada de mi amiguete.

....había vuelto a desarrollar, sin querer y con gran éxito su papel de militante del desconcierto....

....es el eje de uno de los más controvertidos debates entre sus amigos....

¿Quién atrae a quién? ¿los líos al protagonista o es al revés? Manuel Holgado no sólo escribe, también hace fotos con sus lentes de maestro de provincias, no recuerdo cómo llego a mis manos Desórdenes emilianos, tampoco por qué. Ahora da igual, lo que me va incomodando es el retraso se la cita, el tranvía que pasó hace unos minutos y que procedía de Jaén no dejó pasajeros, tampoco a mi amigo, rodaba con las puertas cerradas y con las cortinas echadas para que no se supiese quizás lo que ocurría en su interior, los pasajeros hablaban en los trayectos de temas superficiales sino es que se entregaban a la voluptuosidad del calor y humedad del ambiente en su caso.
Por fin y con la segunda unidad tranviaria veo descender a mi amigo, no tengo dudas, es él, lo visiono desde lo alto a través de la última ventana del edificio y con unos prismáticos para asegurarme a ciencia cierta de que es él, compruebo mi reloj de pulsera, al final ha llegado puntual, los minutos no han avanzado tan deprisa.
Lo invito a pasar, le ofrezco sentarse en mi mesa de trabajo llena de papeles y negras mochilas con cámaras y objetivos fotográficos. Muchas razones, muy diversas eran, coincidíamos antes de los amaneceres y acaso la más importante fue el ofrecerme el reportaje anónimo sobre la visita a la ciudad de la pilota transhumant en uno de esos largos pases con la mirada fotográfica de ella. Me empieza a hablar de otra propuesta algo interesante, la adaptación al teatro de su vida de paciente en el Sanatorio Mental de Cástulo, también buscaba una buena compañía aunque no sé en cuál acepción, si la teatral o la literal.

No narro por reproche, más bien sobre lo incierto que no entiendo. Los actos fueron escenificados en directo una y otra vez.

Es de oraciones breves, representar e incluso exportar la historia de su vida donde en el transfondo se entrelazan multitud de temas y los personajes hacen el papel tanto de rotos como de descosidos, religiosa de confusa moral, musa de aparente vida desnuda o psiquiatra que se automedica con determinada literatura. Si asumo la dirección tendré que viajar si el periódico me lo permite, conocer el trabajo de los actores de la compañía, contar con la complicidad de los destacados teatros de Cástulo y organizar festivales que alcancen el nivel de internacional, todo con sigilosa discreción, el autor se aprovecha abriéndose nuevos caminos con las letras gracias a lo que le narre en lo concerniente a su encargo. Además, ayudar a convertir a mi amigo en protagonista de sí mismo no es tarea fácil, tanto como transformar su afición literaria en un sórdido plagio de su vida.
Cuando de repente aparece ella estamos ya los tres en condiciones de brindar por nuestra nueva y aparente amistad.

Chin chin.

Una ligera transformación, un triángulo virtual, abandono con buen sabor de boca la redacción dejando atrás el encuentro y sola a la pareja, me dirijo a la parada del tranvía para montarme en el primero que venga y desaparecer tras esta breve reunión teatral de mínima conversación y forzoso brindís. Durante mi viaje de vuelta a la ciudad razono sin éxito, tengo la sensación de no haber venido antes, como de una alternancia en el protagonismo, subir a la ciudad sin haber bajado, entrar en casa sin haber salido. Lo peor es explicarle a M cómo hago en ocasiones para volver sin marcharme.

Viene la noche

Cuando Viene la noche viene el día, o eso parece, la oscuridad de las escenas del pasado se vuelven luminosas con la contemporaneidad actual del momento. En otro lugar el Cástulo oscuro y extraño quedó ensombrecido en una especie de noche eterna al trasladarnos en el tiempo y en el espacio a lo diáfano y luminoso, los miedos del día a día por el temor a repetir lo mismo se han disipado, la inmunización es común, en el escenario presente cada mochuelo sigue en su olivo sin contraprestaciones exigibles ni análisis de recibimiento con rostros avinagrados.
Óscar Esquivias por sorpresa y sin esperarlo en el primer capítulo de lo que parece tener forma de diario aunque luego opino que no lo es, nos traslada a un hipotético presente, todo se ve más claro y luminoso a pesar del título. Creo.

Big sur

Un último tranvía surgido de la penumbra me invita a subir para llevarme a casa. Un libro bajo el brazo que abro en su interior cómodamente sentado y dispuesto para el viaje. Buena luz en el interior del vagón para crear contraste con la neblina de fuera.

Los que han fracasado no han ganado.


O se practica la vida perfecta o se fracasa.


Big sur y las naranjas de El Bosco es el libro para este viaje por la ciudad. Henry Miller vivió en Big sur alguna de las amargas experiencias de su vida, hoy el autor de su historia recuerda que alguna de esa vida de amargor también se la hace recordar a sus lectores cuando piensan en Cástulo y en esas prendas que nunca se desprendieron. Con Henry Miller es como si tuviese algo ya en común, escribir sobre cómo nos las arreglaríamos para mantenernos a flote.

Hay que vivir retirado para comprender esa verdad.


Ahora es el momento de contar tu vida en Big sur.

Cuando el convoy inicia su descenso por Bernabé Soriano vuelvo a pensar en Cástulo y su recuerdo convertido en vida escrita, pienso que cuando escribimos no buscamos beneficio alguno, sólo mero testimonio que sirva de terapia. En ese encierro extraño nos quedó a los dos unirnos al culto del sexo y de la anarquía, otra cosa no servía, quedarte esperando y no sucumbir al arrojo.
Big sur es demasiado filosófico, lo narra el autor en primera persona, suficiente para vivirlo de jueves tarde a lunes tarde, hoy por fin lo voy a cerrar en pleno viaje. Vivo el laberinto de Henry Miller como si fuese el mío, deprimente todo, no hay salida fácil, su interior se profundiza en sí mismo hacia un imaginario núcleo con cada vez menos opciones de salida, la única carta que nos queda es elegir entre lo inane o lo dañino, esto último atrae más, ese incesante revoloteo y contoneo te sube la libido, la mirada te destroza, imposible vivir en ambos términos de paz y soledad, mejor no hacer caso a Miller.

Si existe una necesidad auténtica, será satisfecha.


Creo que por aburrimiento me enseñará los dientes, pero no, es puro hielo, perpetuamos durante el día y se perpetúan éstos junto con sus semanas, nos convertimos en un extraño animal para vagabundear permanentemente a su alrededor, la habitación es el transformado campo de batalla de una cruenta guerra silenciosa, para colmo a los dos nos gusta la lectura, no es una religiosa de los pies a la cabeza como a la que le gustó interpretar cuando era actriz de reparto el papel teatral de ser su mejor amiga.
Repetir y repetir la misma desdicha, la culpa es de los libros y del deprimente estilo literario que busco últimamente. Cuando llego a la estación me bajo, por el tiempo transcurrido absorto en la lectura me siento trasladado desde Big sur.

Museo 2.0

Me despierto en el sanatorio con nula lucidez, leo las noticias locales en versión escrita donde Raphael el cantante dedica en el nuevo Museo de Cástulo El Pósito una sala relacionada con las musas, museo interactivo con carácter de 2.0, lo más emotivo del sentimiento en retrospectivas con la figura de la musa como una de las señas de identidad de la ciudad y como labor de imaginario de los escritores que pasaron alguna época de su vida anterior en Cástulo, y todo con especial referencia a los condenados a permanecer en situación de invisibilidad cuando se organizaban conversaciones de sociedad.
Consigo como siempre un permiso de salida, me dirijo al Museo de Raphael a ver si ha quedado algo digno de mención de la inauguración. Al entrar en la primera sala el vacío que observo me invita a ampliar el suspenso terapéutico del sanatorio con el mismo efecto secundario de la necesidad de coger un bloc o cuaderno y tras poner en orden las ideas ponerme a narrar el estilo de vida del que soy objeto por la voluntad colectiva de otros. Imagino a Raphael un rato antes en la inauguración, le hubiese sugerido en broma una sala de lectura con libros de Robert Walser, Enrique Vila – Matas o de Michel Houellebecq, no limitar el museo a la exposición permanente de los objetos supuestamente personales del autor, pero una vez más había llegado tarde. Dejo la sala de Raphael y paso a la dedicada a Carmen de Cástulo, me emociono, no creo ni he vivido nunca en el mundo de la taranta, pero la atmósfera me transforma acompañándome al contemplar en otro módulo contiguo todo lo relacionado con el tranvía de la loma o el yacimiento de Cástulo.
Entro en el salón de proyecciones, permanece como es habitual en este tipo de salas en permanente estado de oscuridad, al igual que en el museo ya no quedan espectadores, aún así un dispositivo que detecta el calor humano pone en marcha la película con supuesta invitación a sentarme a contemplar su visionado.
Cuando empieza la película y a pesar de estar ya de por sí la sala en penumbra ésta se torna más oscura, aparece un sujeto en el filme que no reconozco como actor de ninguna clase, se pone a hablar al aforo y en este caso sólo a mí como único espectador.

Usted y yo siempre tuvimos en común que somos dos sujetos despreciables.

A pesar de la oscuridad me giro y miro a mi alrededor por si hay algún espectador más, no veo a nadie, pienso que el protagonista me está hablando a mí.

¿Es a mí?

Hablo solo en voz alta en una sala de cine solitaria. Si se enteran los del sanatorio me encierran un mes en la celda de castigo.

Sí, usted, el único espectador ahí sentado.

Sigo sin conocer al artista de la película, a pesar de la nulidad que arrastro desde por la mañana o desde hace muchas mañanas suelo tener buen gusto por el cine y más por la comedia, nunca imaginé vivir una escena de cine interactivo, vuelvo a recordar que en el sanatorio antes de salir de paseo de visita al Museo Raphael había leído en el Cástulo Información durante el desayuno que se trataba la inauguración del primer museo 2.0 del país.

¿Por qué va usted por la vida como un autor destruido y mortificado entre las paredes grises de un sanatorio?

Me animo en la conversación y le contesto.

Vivo mi presente de forma mitad resentida y mitad melancólica. Sueño muchas noches con unas bragas negras volando por encima de mi cabeza al ser arrojadas a la arena de la playa por su dueña. Vivo también en una especie de zona incierta mientras espero el día que me den el alta.

El artista tras la pantalla carraspea, espero que me diga algo más ahora que hemos abierto debate.

Usted y yo tenemos en común que llevamos a nuestras espaldas una existencia ridícula.

Al repetir mi interlocutor la mitad de las palabras de su primera frase con la otra mitad sacada de alguna de las obras de Enrique Vila – Matas concluyo que el papel del protagonista de la película está viciado, como si viviese en permanente estado monocorde y sólo supiese expresar una y otra vez la misma retórica de su gris existencia, como si quisiese aumentar el odio de los que ya de por sí le odian a pesar de los extraños adictos a su lectura interpelativa. No sé qué contestarle, aún así me esfuerzo en hacerlo.

Mi vida no es una guerra de perdedor humillado ante las ganadoras que ahora buscan revancha, mi vida es una especie de expresión de sentimientos por el puro vacío legal del que soy objeto en la institución sanitaria en la que me hallo recluido.

En esto nos diferenciamos, yo sí tengo deseos de vencer.

Prefiero no seguirle más el juego, esta última frase parece una metáfora dudosa para eludir mi explicación anterior, no le menciono que a veces me siento perseguido por si me saca el tema del holocausto sin venir a cuento y por ponerme yo mismo un ejemplo que tampoco viene a cuento.

Se siente usted narcisista por relatar sus vivencias.

No lo pregunta el protagonista de la película, lo afirma, no quiero contestar, empiezo a elucubrar sobre la posibilidad de que como quizás esta película esté grabada y quede mucho todavía para el the end, de abandonar la sala de cine sin esperar a saber el final, volver al sanatorio a seguir viviendo la muerte en vida, situación abstracta en forma de dibujo el cual es representado al resto. Aprendo un nuevo capítulo con la visita al museo de la representación de mi propia vida, la que eligieron mis musas y mis futuros fantasmas.

Intervenciones

Las dimensiones no casan, no cuadran, en el interior la vida de dos se vuelve demasiado inadaptada, el exterior es algo mejor, pero esa vida de ciudad la tengo vetada, me obligan a echar de menos la animosidad de las calles de Cástulo cuando llega el fin de semana. Como sujeto incierto que ya no tenía nada que decir al resto, me decido para pasar el rato y matar los momentos de encerrado castigo interactuar con la literatura. Un posible desliz playero puede dar mucho de sí como borrador, ella convierta la atmósfera compartida en prosaica, el silencio obligado es para volverme más inadaptado, pero ahí están las letras para enderezar entuertos y curar las futuras heridas, el tener algo que decir será la condición del buen decálogo de futuro escritor.
Me pongo a leer a escondidas Intervenciones de Michel Houellebecq, mi psicoterapeuta lo ignora, mi musa revoloteadora no ha conseguido ver este libro de textos epigonales a pesar de que husmea mi habitación al estar pendiente de la libreta cuadriculada en la que narro este diario, sólo una religiosa de avinagrada textura y miembro del jurado seleccionador de los futuros pacientes premiados me descubre el libro en el cajón de la ropa interior y me amenaza con hacerlo trizas y echárselas al conejo.
Una indigestión o empacho de Houellebecq que me invita a aprender en sus páginas a aprehender la realidad de lo que viene a continuación, mi libro condenado a residuo orgánico por culpa del ciclo vital, el instinto animal que nos traiciona supera a la mansa bestia enjaulada en el patio, echo de menos la vida real que me ha abandonado totalmente al intentar penetrar en el fondo de esta abertura, el conejo al otro lado de la verja sigue moviéndose silencioso, no consigo salir.
El intentar calcular la diferencia de dimensión de las estrecheces vivientes y no vivientes da de nuevo otro día más por decisión mayoritaria con mis huesos en el agujero, la vida se torna festiva para unos pocos, Houellebecq nos propone una fiesta para que nos olvidemos de lo solitarios, miserables y condenados a morir que somos, quiere evitar este autor que nos convirtamos en animales aunque ya lo seamos, lo mejor que nos aconseja es que transformemos una fiesta malograda en un momento de agradable banalidad. Intervenciones publicado por Anagrama es demasiado recomendable.



Calculé mal la distancia, no consigo saber qué ha pasado

Certezas tardías

Miguel Ayala sin estar ya y convertido en leyenda local nos muestra parte de lo que hizo en la sala universitaria no sita en la universidad. Llego tarde para subir a favoritos a este pintor cuya figura y sin conocer mucho su obra me tiene desconcertado, su mítica persona la recuerdo todavía por las calles de la ciudad. Me llama la atención que sin haber sido escritor se asemeje a un pintor walseriano que buscaba sacar las cosas de contexto en sus cuadros al intentar penetrar en los interiores de sus personajes. Su ideología también era importante y hubiese tenido mucho que decir, una suma cuyo resultado es que Miguel Ayala es un miembro más del conjunto de afectos que he ido atesorando con el transcurrir del tiempo, todos quieren algo después, Miguel sólo me pide que vaya a verlo a la sala de exposiciones.
Pilar Adón también desconcierta, más de lo que ella se piensa, convierte en relato una parte al azar cortada por dos puntos de la vida de dos personas por lo general en sus relatos, un principio y un final en un todo infinito por abajo y por arriba, personajes como apuntan todas las críticas que están en el libro pero permanecen en otro lugar, yo pienso que están en un estado inane como ajenos a toda circunstancia que sucede o permanece a su alrededor. Pilar tiene que ser extraña y enigmática, es lo segundo que leo de ella antes de caer en mis manos Viajes inocentes, sexo, alcohol, locura, suicidio, todo viene a parar siempre a lo mismo. Es la típica escritora que te gusta y acabas sin querer saber nada de las demás, te vuelve dictatorial hacia el resto su lectura, ficciones reales que sirven para despertar a su lector, la atmósfera es más importante que la trama, o ésta no existe siquiera.



¿o fueron los perros, quienes acallaron su voz?

Amigos desconocidos

Como contestatario pedante presumo de haber sido prisionero de interiores metafóricos al igual que los personajes de Nocilla dream, nada de color gris, o sí, da igual, la clave es saber qué motivó que todo se desmoronase cuyo polvo desprendido de los escombros tras ese derrumbe haya quedado en permanente estado expansivo.
Me vuelvo adicto a las letras, y una cerveza improvisada de martes me deja una resaca de sintomatología diferente a la del viernes.
Llego tarde al conservatorio por el atasco del día de la mujer, cogemos el coche a pesar de vivir cerca, lo que pesa es otra cosa más que la longitud entre los dos puntos, nos motorizamos en las distancias cortas para minimizar los efectos del recorrido con el instrumento a cuestas.
No sé cómo decirle que quiero que sea él, que además me ha resuelto el jeroglífico sobre lo que ocurría esta tarde por las calles de la ciudad el que retrate la Pilota Transhumant, o que sea ella, o más bien los dos, siempre pensé en ellos a pesar de argumentos extraños en la historia, en mi caso sólo quiero cumplir, recepción, foto y reenvío.
Facebook es la leche, cuando un amigo te banea, excluye, bloquea o simplemente no pertenece a esta comunidad siempre encuentras a alguien con el mismo nombre y apellidos que, siendo los dos desconocidos os hacéis amigos de repente e iniciáis una rara historia, como si esa nueva amistad descubierta suplantase y pasase a interpretar el papel del sujeto literal de tu conocido de la vida real, alguien llamado igual que tu amigo que no quiere saber nada de ti te acepta supliendo a los sujetos reales. Gracias a esto la película con este nuevo argumento coge una velocidad y una deriva sin precedentes, una nueva forma de asomarnos y dar un ligero paseo por lo abismal.

Trópico de Capricornio

La tarde del jueves se presenta diferente, pocas veces la dedico a dar alguna vuelta por la ciudad abandonando el sofá y los papeles escritos junto con los todavía sin escribir, sabía por puro presentimiento que iba a vivir momentos revestidos de cierta dualidad si salía esa tarde de casa. La llegada a la ciudad como decisión estratégica de la peculiar sexta unidad, junto con su puesta en circulación antes de la inauguración del tráfico tranviario convencional parecía haber acallado a los escépticos. A pesar de viajar con ellos en ese mismo vagón que me sugería la posibilidad de ser el protagonista de alguna escena esporádica sin que lo supiesen los extremos maritales de las flamantes veteranas pasajeras, decidí no acceder a la invitación, preferí tomar asiento y disfrutar del acto como espectador sin participar en nada aunque sí disfrutando con un ojo puesto en la lectura de Trópico de Capricornio de Henry Miller, pero por otro lado sin perder de vista lo que sucedía en el interior de este vagón que parecía transportarme hacia una gruta entreabierta que esperaba a los nuevos pasajeros que todavía no habían perdido el rostro de novicios pardillos y tampoco sabían nada del camino que conducía al acceso de lo insondable.
Sin perder de vista la tentación viajera sigo con Henry Miller en una lectura a escondidas del resto del pasaje, Herman Hesse formó parte en su día de la medicación, Henry Miller hoy sigue siendo un polizón en el Sanatorio Mental de Cástulo, ninguna ha conseguido verlo o leerlo, a estas alturas con sus dos trópicos y una primavera negra tengo una especie de sobredosis que me sirve de ayuda para empatizar conmigo mismo en un plano distinto de soledad perteneciente al pasado en Cástulo.
El ocioso y extraño viaje en tranvía de esta tarde de jueves me ha servido para no dejar de vivir alguna escena de años pasados para coincidir con Henry Miller en la idea de escribir buscando un desahogo personal, ambos seguro que con la meta de exorcizar fantasmas revoloteadotes que acuden en nuestra búsqueda cuando cojo un libro nuevo trasladando la interminable y estática escena propuesta sin materializar a un rutinario viaje tranviario. Las características de la sexta unidad invitan a acceder a la parte más accesible de lo desconocido que siempre estuvo cerca.

El mismo igual

El correctivo por la negación al acercamiento y el no dejarme amaestrar consistió en ponerme a girar sobre mí mismo sin la existencia del mañana, de la tarde o del inminente momento, nada, el pasado detenido en una instantánea en blanco y negro sin alteraciones del presente y avances hacia los siguientes segundos y minutos, siempre el mismo igual.
A pesar en el hoy actual de quererlos a todos (es raro pensando en los ayeres) surge el miedo a volver a verme arrojado a otra enésima parte del día de la marmota, la calma, las risas y el alto nivel afectivo sin los ecos por las paredes anexas de otra versión rotenmeyesca me viene a decir que no, las musas inspiradoras por su lado son añoradas, espero que sigan ahí. Condición divina de la genialidad que lleva consigo el goce de la luz sin verla y de la música sin escucharla.

Transbordo

Todo sigue igual, vago por la ciudad con un mono impresionante e incontrolable de café, el camino no se ha desviado de nosotros y los raíles no se han salido del tranvía a pesar de que ayer descendió una unidad algo más desbocada que de costumbre por el Paseo de la Estación. Había soñado que el paseo terminaba en un muelle marino y el conductor perdía el control del convoy por exceso de velocidad sin lograr frenar al llegar a puerto, el sueño no era pesadilla, más bien todo consistía en una atracción diferente de las habituales para el divertimento ciudadano y del visitante.
Más pronto que tarde Viene la noche, mientras tanto sigo mi particular viaje sin moverme del sitio en una especie de transbordo entre el purgatorio y Harmagedón (no confundan con armagedón, aunque es lo mismo quiere decir otra cosa), me detengo unos instantes de nuevo en la Cafetería Dean o el Dean Café existente en la Plaza del Dean Mazas, repaso las notas de Primavera negra de Henry Miller, un transcurso o pausa literaria entre Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio, Primavera negra es el mejor ejemplo sobre desengaños amargos en forma de lectura que transforma al lector brotándole adicción idólatra al escritor sin saber nada de él, un ejemplo para viajar también por distintas realidades, la verdadera y la no tanto, una especie de parodia donde en mi caso me revela pasajes ya vividos en primera persona tiempo atrás en los que no reparé a pesar del cotidiano daño silencioso que producían las musas futuras, el tranvía por entonces no existía, aunque cuando vivía en Cástulo atrapado en una metáfora repetitiva sí disponía la ciudad a escasos kilómetros de una estación que trasladaba sus pasajeros a la capital.
Ahora camino de Harmagedón para intentar verlo de nuevo sin miedo, busco todo o casi todo lo de Miller casi con la misma ansia que cuando recopilaba todo lo habido de Enrique Vila – Matas, mientras apuro en el Deán el café todo lo veo más armónico, el pasado ha recobrado un orden que no tenía, y la vida en forma de metáfora ya no te tiene tan atrapado.

La puerta negra

Antes de llegar a las puertas de Harmagedón vagando de realidad en realidad sin salir del sitio la propia ciudad puede ser vista como un infierno ¿me suena de algo? Por no alcanzar ambos el cielo me quedo varios años en el infierno.
Actos convertidos en pecados para unos y un acto de virtud o cosa admirable para otros, a veces el primer día es clave, sí el del encuentro y la presentación, te pasan lista y es cuando te aprueban o suspenden aunque luego las examinadoras hayan venido a menos.
El terror en las casas cunde, en la estancia el infierno te espera, no tener escapatoria aunque tengamos a nuestro lado la mismísima puerta. Óscar Esquivias me hace recordar aquella época con su distinción entre buenos ciudadanos y aquellos que caminan durante varios años en completa oscuridad.
La vida irreal en el purgatorio sigue adelante mientras espera el infierno, puedes ser incluso un intruso delatado por los religiosos sin poder regresar a tu casa desde el interior de tu propia ciudad, de hecho es en la propia ciudad donde tienes que purgar los pecados que arrastras al no superar la prueba con la superiora el mismo día de llegada.
No hace falta decir otra vez que Cástulo no es Burgos, pero como dice el autor de La ciudad del Gran Rey, hay que darle palos a la fantasía para hacerla útil, no querer gracias en mi caso a las musas el regresar a tu país, Óscar Esquivias muy comparativo en el tiempo y en la distancia nos habla en la segunda parte de su trilogía de esas galerías húmedas y con telarañas, el error u omisión es no haber hecho limpieza.