Alardes histéricos

Hace años ya que terminaron las intrigas hitchcockianas. Ahora la veo desde el cristal de la ventana subir por el Paseo de la Estación, ignoro si sigue persiguiendo a su propio gazapo. Primero compañera, luego musa de máscara silenciosa, ahora vividora principal de estas letras y digna de toda recordación sobretodo de sus precipicios junto al resto de fuerzas vivas que merodean por el relato, yo como ausente sigo aquí maullando en un duelo conmigo mismo paseando de forma paralela por el mismo lugar en el que ahora está junto a los raíles por donde existe un ruidoso silencio al no circular ningún tranvía.
Todavía recuerdo esa soledad impuesta, condenado a enfrentarme a diario con esas almas vivientes, acompañado de Joyce y Borges como cabecera autorizada junto a la almohada, las sombras triunfadoras y las a posteriori fracasadas estaban de parte de ella, no le pedía más al abstraccionista escenario, lo único que nos faltó fue un arrimado baile a dos capturado por la cámara fotográfica antes de convertirnos en anacrónicos.
Mi frustrada adversidad sigue hecha pedazos fuera de la cadena perpetua aunque las hermanas sigan virtualmente visibles, el resto es todo fatal, es el equivalente a la muerte el no arreglo dotado de la tristeza en el alma que vive en el interior de una burbuja en contraste con la alegría del inicialmente entristecido que ahora me acompaña. El resto pertenece al olvido, aunque pienso que olvidar puede ser más trágico que algunos alardes histéricos de avinagrada textura que escuchaba a diario, como si el chiste gracioso fuese el de ella.

Cortado en el Pósito

Durante la tertulia, sentado con dos amigos en El Pósito lo observo solo tomándose un cortado en la mesa de al lado nuestro a la vez que pasa una página de ese libro que porta en sus manos, me da por pensar entre frase y frase que intercambio con mi pareja interlocutora que a mi solitario amigo le gusta leer cada día más lo que publica Páginas de Espuma. Entre sorbo y sorbo del cortado lee un nuevo párrafo de El otro fuego, y entre página y página de este libro de Inés Mendoza sus pensamientos se trasladan hacia años atrás recordando resignado aquellos miedos que le producía esa especie de belleza silenciosa cuando llegaba la época veraniega en el Sanatorio Mental de Cástulo donde ella le arrancaba, pegaba o simplemente mezclaba las hojas de los meses del almanaque para que mi buen amigo lector no supiese en qué época exacta vivía y así intentar lograr el propósito de que no coincidiese con su mujer en las vacaciones y así no las disfrutara con ninguna de las dos.
Fue el año aquel que mi amigo del cortado que hace poco tuve el placer de invitarlo a la emisora como fotógrafo furtivo por su exposición de fotografía creyó verlas a las dos a ambos lados de su hamaca cuando sólo existía una en ese hotel naturista del levante almeriense, la única forma de satisfacer el deseo de su amiga de Cástulo era imaginarse que ella aparecía de repente desprovista de tejidos y se sentaba junto a ellos formando un extraño conjunto de número impar, la mezcla de las horas en los relojes o los meses en el calendario casi consiguen su propósito.
Cuando vuelvo con mis amigos tras una inoportuna ausencia la taza con los restos del cortado siguen en la mesa en la que él ya no está, al parecer ha abonado la consumición nuestra y todo, un lector que hace fotos por los veladores de Jaén y cuya aparición junto a nosotros fue adrede desaparece cada vez que cierra la página de un nuevo libro.

Junto a la vía

Un capítulo más de “el Sanatorio por dentro” en una clara imitación de El faro por dentro (Menchu Gutiérrez).


Acudo temprano a la prefectura, había recibido horas antes en el mismísimo pabellón de alineados mentales del sanatorio una citación para ser detenido e interrogado por la denuncia al parecer de la algo venida a menos religiosa mayor. El oficial de guardia desconoce verbalmente la causa por la que se me acusa, un suboficial adjunto al primero me sopla al oído que existe un murmullo por toda la ciudad de que estoy escribiendo un libro próximo al estilo de algunos de los de Franz Kafka donde de soslayo y enmascarándome en la ciencia literaria incito al nudismo en playas del levante almeriense a las sanitarias del sanatorio, más a una en concreto.

Le guardo el secreto, usted no me ha contado nada.

En el típico cuarto de bombilla única me sientan en la mesa donde elijo uno de los dos sobres, el otro es destruido y arrojado en una papelera ante mis ojos y los de los dos suboficiales que manejaban la situación con excelente profesionalidad.

Háblenos de sus conocimientos sobre infraestructura y política ferroviaria en la provincia de Jaén a mediados del siglo XX.

La pregunta más que inquisitoria se me antoja de cultura general, como si quisiesen evaluar mi aptitud y sapiencia más que interrogarme sobre los hechos dignos de la acusación.

Se le imputa la ensoñación con vías de tren abandonadas o que simplemente no existieron para luego inventarse una triste novela con personajes ficticios de Cástulo sobre lo que pudo ser y no fue.

Por una ventana que daba a un lúgubre patio se escuchaban voces y risas forzadas que impedían la buena marcha del interrogatorio, era otoño y al parecer los miembros de la prefectura con las religiosas del sanatorio mental representaban la función teatral del malogrado Álex Nortub “El triste festín”. El guardia que me vigila en el interrogatorio continuó su ronda a mi alrededor, la religiosa mayor en una extraña intervención en la comedia buscaba representar el absurdo papel de denunciar al escritor a los agentes del orden por la futura publicación de un libro subversivo.

Es un trastorno de la infancia, muchos viajes en verano de Cataluña a Jaén, al dejar atrás Albacete siempre veía esa vía del tren y sus estaciones. Ya con cinco años me contaba mi padre que sólo faltaba el tren circulando para darle vida a la zona. Esas estaciones sin tren y sin reloj sólo simbolizan el abandono, como una prescripción de absoluto silencio por parte de tu doctora.

Ya está bien de hostias, ¿nos quiere hacer ver que un problema ferroviario del siglo pasado es una enfermedad que se ha introducido en su cabeza ocultando el resto de su vida? ¿O lo suyo es más bien un problema de falda ceñida o de volantes, o vaqueros ajustados que dejan asomar unas bragas negras con la etiqueta de compra sin cortar?

En realidad no hay trenes, pero siempre los veo en ese camino que dejaron junto a la carretera y destinado a ser la vía del tren. Mi condena fue el silencio de mi tratamiento, la suya el viaje en soledad por ese recorrido.

Se escuchan aplausos, cuando termina la actuación, provienen del final de la última escena del segundo acto de El triste festín, versión teatral del blog Hotel junto a la vía, ahora exite incluso un blog llamado Hotel junto a la vía, ¿en qué vía? ¿la que llega a Cástulo? ¿el hotel es el sanatorio mental? ¿el Sanatorio Mental de Kierling donde murió Kafka?


Guarda las hojas en su bolso, esta lectura le va a levantar dolor de cabeza. Antes de hacer transbordo de tranvía para Cástulo decide entrar de nuevo en el inmueble de la redacción del periódico jienita allí clavado y sin moverse, el diario local junto a la vía contemplando sus cristales el ininterrumpido pasar de los tranvías. Esa pareja de fotógrafos saben demasiado, que le cuenten algo sobre él que le impida tomar una certera decisión sobre regresar o no a Cástulo.

Está en el centro de la ciudad en su trabajo, no se le puede molestar.

Su compañera no está, o existe sin ser vista, nunca aparece, no le ha puesto todavía rostro, a lo mejor su existencia es tan ficticia como otras, él le habla desde lo alto de la escalera, no fue en un centro comercial en día de rebajas, al autor no le gustan las masificaciones en día de inicio de temporada, fue en el primer descansillo al volver los escalones de la redacción del diario local junto a la vía. Sale corriendo hacia la parada del tranvía, no necesita más información, ha convertida en kafkiana obra teatral los trapos sucios de terceros relatados a segundos, el primera paso de es escaparse de Cástulo como personaje que quiere saber de su autor.


La vía que nunca lo fue, fotografía de Jesús Garrido en las cercanías de Beas de Segura.

Las tiendas de color canela y Sanatorio bajo la clepsidra

El tormento mientras pasea el haber expulsado a alguien de la vida colocándolo en la residencia del margen, imaginando que en su bolso llevaba una careta que no sabía si colocársela al llegar a la vacía Plaza de San Francisco con el espectáculo de los relojes de David Padilla bajo el fondo de la catedral. La Colombiana aparecía cerrada y dormida, el edificio ya clausurado de la diputación provincial de Jaén sin las habituales caras conocidas de antaño para su viejo paciente en otro contexto de mediados de los noventa, un letrero le indica la proximidad de la calle Cerón, la obra extraña, obra artística que luego alguien hizo desaparecer confesándose ante el edificio catedralicio le hace sentir protagonista por la opinión de algunos lectores de Las tiendas de color canela (Bruno Schulz – Madurar hacia la infancia).
Vuelve a mirar los relojes detenidos, sabe que un día dejarán de estar ahí, su misión en darle una atmósfera extraña a la plaza de San Francisco, no será eterna como su vida junto a su paciente como aprendiz de escritor. Extrae de su bolso algunas hojas arrancadas al bloc que utilizaba como borrador y diario, se sienta en las mesas vacías de la Colombiana con su interior cerrado aunque nunca perdiera ese aire de cafetería de ocio y literatura para ambos sexos de la ciudad, nada que ver con los music halls de Cástulo, nada que ver con el extraño ambiente de esos relojes hay clavados en las baldosas de la plaza.
Cuando lee esas hojas de muchas tantas que en su día arrancó a su dueño observa que pertenecen debido a una absurda coincidencia con sus pensamientos de minutos antes atrás de cuando su paciente leía Las tiendas de color canela.

“Eran hombres del Gran Conejo, respetables y llenos de afectación, señores que acariciaban sus largas y cuidadas barbas.......”.

Le resulta extraño que entre la letra “n” y la “e” de conejo exista un tachón, donde dice conejo quizás quiera decir consejo, claro tampoco su representación teatral fue libre, quizás necesitó asesoramiento, tampoco entendía por qué anotaba frases de libros adaptando palabras a su antojo, por temas que ignoraba o para antes en un futuro y ahora en el presente lograr perturbarle su talante de bohemia liberada por las calles de Jaén como ciudad que no es aunque lo quisiera la suya leyendo la vieja reseña de Las tiendas de color canela donde por otra extraña coincidencia Bruno Schulz crea una lúgubre atmósfera como le creo ella al escritor hace años como paciente en el Sanatorio Mental de Cástulo obligándole por el silencio impuesto a hacerlo meditar en soledad recogiendo ahora ella el protagonismo en amplios escritos autobiográficos de eterno abarcamiento.
Cuando termina su café la Colombiana ha abierto sus puertas, de la Diputación de Jaén vuelve a salir el mismo hormigueo de personal de antaño que busca con desesperación las escondidas calles adyacentes a la Cerón, los relojes han desaparecido, sin embargo es hora de abonar la consumación y coger el tranvía de regreso a Cástulo tropezando con la paja y los detritos y cenar antes en el restaurante semioscuro del sanatorio. En su viaje de vuelta sigue leyendo las horas arrancadas de los borradores reseñados de Bruno Schulz, el padre del paciente está muerto no sospecha nada, el propio padre, es decir el muerto tuvo una muerte que arroja cierta sombra sobre la existencia en el lugar, Sanatorio bajo la clepsidra y Sanatorio mental de Cástulo con similares políticas impostadas de sanación mental con atmósferas de represalia y tratamientos de lectura en desuso. Habitaciones sumergidas en la penumbra, mira a su alrededor y contempla una escenificación literal de lo leído en los apuntes del escritor sobre lo vivenciado en ese clima tan particular, idénticos murmullos, las mismas penumbras. Acordes sórdidos, espacios turbulentos y alejados de la escala de la credibilidad. Desnuda en la playa con él bajo los nublos que desdibujan el azul marino habitual, inmejorable prólogo literario, ella como narradora, esos complots perversos, esa manera de sorprender su mecanismo por la espalda,....... (Bruno Schulz).
Pero esa primera apariencia engañaba, el escritor que no conoce a su futuro personaje, la tristeza en el ambiente se estaba fraguando en la primera época de esplendor, la última hoja arrancada le decía que él ya no se fiaba por entonces.


Plaza San Francisco de Jaén, obra de David Padilla.

Viene la noche (final)

El tranvía procedente de Cástulo llega a Jaén de forma puntual, había perdido en estos últimos dos años el contacto y el rastro de su viejo paciente y se sabía ilusionada de un posible encuentro casual con él, aunque conocía el deseo de dedicarle algunos de sus relatos a Óscar Esquivias la misma tarde que terminó la lectura de Viene la noche y había adquirido un rato después La marca de Creta. Se apea en la parada de la Universidad frente al diario, sabe que ahí en la redacción y a través de una pareja de fotógrafos puede conseguir la información necesaria sobre su paradero e incluso que le aporten las señas de su domicilio. Había decidido ante el hartazón de estar rodeada de fantasmas que revoloteaban alrededor de su cama matrimonial partir en busca persecutoria de lo realmente vivo. Durante el viaje entre las dos localidades separadas por el Río Guadalquivir recordaba aquellos años en que fue la doctora del escritor que como paciente nunca logró domesticar de forma completa, también evocaba aquel viaje a Conil pensando en su ausente compañía aunque hizo las maletas pensando como no podía ser de otra forma en él, un tiempo en que era imposible en términos reales haber relativizado la situación de ambos, ahora conforme se desplazaba de Cástulo hacia la capital de la provincia no pensaba en que lo había perdonado, sus sentencias dictadas como facultativa eran firmes sólo con la primera redacción o incluso con el borrador, impensable algún posible recurso, el perdón inexistente, ahora sus pensamientos le traicionaban cada vez que viajaba en tranvía, dos planteamientos, devorar a su propio autor y eliminarlo, o vivir un mutuo y largo yacimiento sin que ese deseo se convirtiese en tabú para ella misma o que los compañeros del sanatorio empezasen a mirarla como practicante de algún tipo de apostasía cuando el hecho consumado ya fuese noticia.
El fotógrafo permanece de pie en lo alto de la escalera sin acercársele.

¿Y el proyecto de vuestro Cástulo literaturizado?

No se sabe nada.

El vació de la respuesta le recuerda a las resoluciones del pabellón de psiquiatría, ella sabe que su antiguo paciente quiere conocer a la pareja de forma completa, no uno por un lado y otro por otro. Antes de salir del diario aprovecha en el mostrador para comprar el periódico del día donde una vez el ejemplar en sus manos ve en una foto de la portada junto a su titular que el tranvía sigue en obras, imagina que debe ser un número atrasado donde se describen supuestas fases actuales de su construcción cuyo sistema de recorrido definitivo no contempla la llegada a su ciudad, la comunicación con Cástulo se rompía para siempre en lo sucesivo a pesar del puente comunicativo que lo había traído hasta él sin haberlo encontrado en la entrada de las afueras de la ciudad. El anuncio de la muerte acude a sus ojos como lectora hasta en voz infantil ante una realidad paisajística. Lee una noticia en las páginas que cultura que existe un extraño Burgos tan mudo como lo fue durante aquellos años ya olvidados el Sanatorio de Cástulo. Una muerte progresiva hasta materializarse al final de un libro, todo antes se fue volviendo oscuro, poco a poco, hasta la propia meada. Curiosa trilogía que le pone en conocimiento de otros escritor llamado Óscar Esquivias. Cerrar el periódico y entrar en el centro de la ciudad en busca del autor principal podía ser un paso para la penumbra previa a la oscuridad total en versión jienense bajo el desconcierto del dilema del tranvía y otros símbolos de la ciudad que ahora no están aunque cuando él pasa por ahí camino de la Colombiana parezca que siguen existiendo y marcándole un tiempo inexacto, un tiempo detenido en una imagen imborrable, una imagen que no existe pero que algunos capturaron para guardarla en conserva, como condenada a una noche eterna.

Una versión ya archivada de la ciudad. Fotografía de Jesús Garrido.

Ágape otoñal

Las trabajadoras del cuerpo sanitario del Hospital de Cástulo vivían a escondidas su propia vida paralela ante la rigidez marital impuesta a la fuerza en el domicilio de cada una por el paterfamilias.
Existían dos caminos para desmentir la cuestión de este rancio estilo de vida, la opresión sanitaria hacia el enfermo mental o acudir a primeros de otoño a la prefectura, el triste festín consistía en un convite organizado por las fuerzas del orden a fin de que pudieran ver más de cerca los muslos de las mozas del sanatorio. Siempre le decía la misma frase antes de irse.

Cuidado, es una fiesta peligrosa, en la atmósfera de esa celebración se respiran los deseos ocultamente furibundos de los organizadores.


Por la cara que me ponía no se creía la descripción de esos horrores distintivos de esa absurda fiesta de otoño, se ajustó los pantys de rejilla, se enderezó la minifalda negra y partió hacia el banquete otoñal dejándome solo en el pabellón y haciéndome sentir humillado ante su extraña actitud de liberada institucional en contradicción con su otra vida de mujer sumisa y obediente. Me asomo al patio y veo que el conejo no está, ha desaparecido hasta la jaula, se lo han llevado a la fiesta.
Dejo de escribir y repaso, un relato breve buscado en experiencias pasadas, un relato selecto como la nueva versión inédita de Chet Baker piensa en su arte – Enrique Vila – Matas, vida narrativa la suya, pretérito narrativo el mío, la soledad mientras me paseo en el tranvía con la lectura de Correspondencias de Hugo Abbati aminora la velocidad del transcurrir de los minutos de trayecto hacia la redacción del periódico, uno de los fotógrafos me espera. El ambiente en el vagón se me antoja bernhardiano, dos se escriben mutuamente, hablan de todo, pero todo tiende hacia la autodestrucción.

Aunque te parezca increíble, ¿sabes lo que ocupa impensadamente mi cabeza en estos días?, aquel gato que vimos morir aquella tarde, cuando almorzábamos en el puerto, ¿recuerdas? ¡Hasta he soñado con él! Hugo Abbati.

Mientras llego al periódico me siento más nervioso por la lentitud del viaje, cojo el cuaderno y el pilot otra vez, ella vuelve de la fiesta en la prefectura, le miro las piernas para comprobar el grado de temblor, no me importa el posible olor a whisky, ginebra o pacharán, la aroma que me gusta percibir es otra.

Me gusta corresponder y ser correspondida.

Cuando suena su voz todo el resto duerme en el sanatorio.

Una frase que me resume el tremendo error de nuestra relación médico paciente viajando juntos permanentemente por el mismo habitáculo.

Al bajarme del tranvía casi tropiezo, el pensamiento en el arte de Chet Baker y esa frase que no sé dónde colocarla, quizás con ella y su recuerdo en la época de los ágapes de otoño:

Y, sin embargo, Joyce no descubrió nada que no estuviese allí...... siempre todo está "allí"

Viene la noche (4)

Primero es por la mañana cuando la contemplo, seguimos cruzándonos en silencio, le sientan bien sus vaqueros ajustados, me vuelvo más loco todavía al contemplar su figura en alzado contradiciéndose las leyes de la perspectiva, más tarde en el cercano Bar Cordobés de Cástulo le comento a otro paciente la posibilidad de destetarnos en una playa de la provincia de Málaga, a pocos kilómetros antes de llegar a Nerja, todo para provocarla al encontrarse también en el bar, algo que conseguí, sus ojos me devolvieron una extraña mirada y yo seguí bebiendo cerveza con disimulo recreándome con un baño los dos desnudos como Clarita y Benjamín en ese anómalo invierno caluroso.
El ambiente efectivamente se iba volviendo cada vez más inhóspito en el sanatorio, pero también fuera de él, todo lo que ocurría en el interior iba emanando hacia el exterior en forma de humor o fluido de extraña textura, se iban poco a poco contagiando los habitantes del otro lado de sus muros, prácticamente a toda la ciudad, todas las desgracias, desmanes, así como otra actividades de trato carnal relacionadas con uno de los tres enemigos del alma independientemente de que fuesen consumadas en el matrimonio o fuera de él, hayan sucedido en su totalidad o de forma incompleta, todo tenía cabida fuera a partir de este momento.
Al final todo se acaba, la navidad, la nochevieja, cuando Viene la noche, Óscar Esquivias adapta este supuesto y peculiar año nuevo a la normalidad aparente, resaca, malestar y concierto de año nuevo, algunas muertes declaradas el día de reyes, lo normal, o no, más desgracias de la cuenta asoman la cabeza, también una carta de la memoria histórica, se tocan todos los palos. Llegamos al 27 de enero, otro viaje a Burgos, pero stop, a seguir esperando esa muerte, infierno, o lo que venga, estamos acostumbrados, en el interior del sanatorio o en el Bar Cordobés, da igual.
Me documento con mi pasado y recuerdo que Óscar Esquivias y Álex Nortub mantuvieron una entrevista, me surge la curiosidad sobre si hablaron de la muerte, o mejor sobre el infierno. Fui testigo en silencio y como desconocido entre el público de una presentación que hizo Óscar de un libro suyo en una librería de Mataró, no recuerdo ni el nombre de ese libro ni el de la librería, sólo sé que fue en efecto en Mataró, ciudad situada a pocos kilómetros de Ocata, otra famosa población costera del Maresme, ésta última ha adquirido estos últimos años bastante renombre por su café y su línea de tren de cercanías:

“El tren abandona la estación. Yo no voy en él. Veo como se aleja y después miro el billete, en mi mano…. Pasará el revisor y tal vez le extrañe que falte un pasajero. Ese pasajero que pude ser yo. Nadie más se dará cuenta. Tan sólo el revisor tachará en su lista de pasajeros. Me veo ya convertido en una tachadura del tres al cuarto, en una equis cualquiera” . Enrique Vila – Matas.

El caso es que de la presentación del libro no hubo fotos o noticias del acto, tanto del libro como de la librería como del autor no me quedó el más absoluto recuerdo. El hecho de estar en Mataró había sido accidental, aprovecharme de la boda de mi amigo Enrique, compañero de correrías entre puerta y puerta en un rellano cuando éramos bebés y poco más, se casaba en Premia de Dalt, el banquete fue obsequiado a los presentes en el Hotel Meliá Mataró, por lo visto me tuve que escapar o hacer un alto, mi amigo se divorció, se casó antes que yo que permanezco sin divorciar.

Óscar Esquivias acabó de leer que ha publicado Pampanitos verdes.

La única manera

La única manera de aminorar la muerte es aumentándola…. La tortura indecible consiste en intentar tratarla como algo privado y sin importancia.
Los libros y la locura, y otros ensayos – G. K. Chesterton – el buey mudo. Recopilación de papeles sueltos del autor, relatos y ensayos no catalogados.
El recuerdo del momento de notificarme formalmente el diagnóstico como el más triste de la existencia, vaqueros ajustados con visión el alzado alegraba la vista, el infierno viene y en el paraíso existía el máximo de libertad. La vida en Cástulo se volvió peligrosa, los precipicios que rodeaban el sanatorio aumentaron de forma considerable tomando la apariencia de vertiginosos acantilados multiplicando la situación de abismo humano que se vivía en el interior, el pino de la entrada junto al portón emanaba más resina que de costumbre.
Anulo este recuerdo mientras conduzco, el semáforo se pone verde, los efectos secundarios de la lectura de Chesterton se aprecian al volver a casa tras correr cinco kilómetros en la vía verde que me llenan de optimismo para la carrera de la salud de 2.011 que se corre este domingo, corro casi de compromiso, algunos me han animado y he tenido que ceder.
XL


Cuando arribemos a Cástulo y si es que eso ocurre alguna vez, te acompañaré a la Casa Encendida, volverás a ver al resto de compañeros y personajes que se fueron antes de tu partida, la visión no será igual, tendrás que compartir ese momento de forma ficticia.

Seguro que a mí también me verán como a una ficción de mí misma, justo precio por expulsar al ese escritor de su propia vida y colocándolo a vivir al margen de todo. Siempre debí de haber seguido tomando aceite de oliva en las mañanas de café, no haber pensado nunca en la mantequilla.

El autor seguramente ha llegado ya, nos llevaba varios pueblos de ventaja, la organización del acto a tu arribada le corresponde sólo a él. En Cástulo están nerviosos e intranquilos por esa línea de ferrocarril sin inaugurar, seguro que simbolizas para tus compañeros y resto de pacientes del hospital ese tren que no va a llegar nunca. Unas extrañas formas sombrías se dibujan por los rincones de la vieja estación de Torreperogil, seguramente podía ser debido a la extraña iluminación que se filtraba por los rotos cristales que nunca escucharon el sonido de la locomotora, Dulcesojos y Torvista ya viajaban incluso cogidas de la mano, la estación de Cástulo a menos recorrido, la una como pasajera con cada vez más aire de amazona que cabalga por el infinito viaje, la otra como el recuerdo de la vendedora de billetes de largo recorrido y encargada de ponerle a cada cuál y según su aspecto de bienvenida un precio o tarifa distinta, el trayecto a realizar daba igual, Torvista según cómo le entraba el viajero le hacía abonar una cantidad diferente aunque tuviesen que hacer el mismo viaje que el resto. ¿Por qué las dos sin más pasajeros por ese polvoriento camino? El destino une, un escritor colocado en su mismo plano puede ser víctima de sus horrores. La imagen de su compañero de encuentro sobre la arena de la playa se ha ido difuminando despacio con el discurrir de la distancia, Torvista a pesar de su extraña amistad nunca la abandonaría, mano de santo, su encuentro con ella en la última parte de la historia para hacer una buena pareja, no quedan ya lo que son para la imaginación de ellas dos los buenos o los malos de la película, estos últimos que había que abandonar antes de terminar el rodaje para luego ser parte de un absurdo relato diseñado cuando sólo pensaba en la playa, el final del viaje a pocos días, la estación de Cástulo a oscuras y sin trenes que la iluminen.

Nos llevamos puestas las letras, los argumentos, tenemos el alma desnuda, pero estamos bien forradas y satisfechas de literatura.

Mientras él se viste con sus silencios como única prenda, condenado sin resarcimiento por sus numerosos y sucesivos fracasos, juicios con la mirada dulce sin entender las pasiones o debilidades del resto, justiciables elegidos de forma selectiva, el perdón para otros compañeros de los primeros por los cafés de Cástulo, un error quizás, una forma poco constructiva de entender la realidad de la amistad, inspirar a su mejor amigo ficciones imaginarias no fue tarea fácil, ser una futura protagonista de conversaciones inexistentes bajo la humedad de las desconchadas paredes del Hospital de Cástulo, una acumulación de experiencias tan desagradables como absurdas, contemplar al resto de pasajeros como realmente fueron antes que desaparecieran, escuchar a veces el tren y sus pitos, viajar por la Sierra de Alcaraz en asientos de madera del viejo vagón trotando sobre alguien por el movimiento, soñando a la vez con volver a contemplar pronto a algunos de los alcohólicos y vagabundos que pernoctan en el paseo que lleva a la factoría de coches y del autor que todavía recuerda algunos murmullos en su penumbra escribiendo a la vez que entonaba una melodía.



Christian Coigny Photographie