Cuando no es ella

Ensimismada correspondencia de Pablo Gutiérrez (Lengua de Trapo) es para leerlo despacio, colocando al protagonista autor viendo desde dentro lo que ocurre en el exterior al contemplarlo, como si fuese Jaime Gil de Biedma en una lectura de frío hispalense; Ultramort merece la pena varias relecturas, con los hechos cotidianos en Antipoema 20 donde me desconcentro y pienso en la inusitada legitimidad, una decir adios en la antepenúltima página del relato, sin preocuparme la rigidez para con ella, pienso más bien en centrarla objetivándola en una situación cuando ésta dimana de manifiestas connivencias que a nadie le interesó leer desde la última primavera cuando empezaron a ser relatadas con prólogo incluído, un capítulo sin despedida, el protagonista vive en una ciudad donde todos hacen lo mismo y mastica las mismas lágrimas que a otros nos ha costado digerir, legitimidad extrema objetivada que te hace no pensar en ella, evocar lo escrito e inédito y todo sin salir de Jaén cuando no es ella.

Al cincuenta por ciento

Es alucinante el poder de la palabra, el lenguaje que hablamos que lanzamos al aire, no el que escribimos aquí que es más pensado y rectificado si hace falta. El hablado al viento es el peor y el mejor, nos bloquea y nos deja mudos, pero también nos lleva juntos de la mano por senderos por los que no habíamos andado. Averiguamos cosas sin tan siquiera el propósito de buscarlas. Un descuido, una palabra, un gesto, una conversación puede ser una disputa y una celebración. Todo un ritual. Cuando lo ves todo perdido te lanzas a escribir, borras, rectificas, la única opción de opinión vital válida, otro ritual pero distinto, las leyes son un cincuenta por ciento, la discapacidad visual no será óbice para ningún tipo de beneficio en la distancia, todo lo contrario, el enclaustramiento en la población te será de consentida obligatoriedad a pesar de que en situaciones gemelas y de distancias más cortas otorguen dicho emolumento conciliador donde además no existan ni disfunciones físicas ni leches en vinagre.
¿Para qué entonces en el acceso selectivo a lo mismo que eres en provisionalidad del párrafo anterior te otorga el mismo organismo por esta circunstancia una hora más y mesas adaptadas como premio? Te llaman por teléfono y todo para comunicarte la buena nueva, para las malas dadas seguimos acostumbrados al correo certificado con acuse de recibo. La ley desarrollada y llevada al máximo extremo aunque esta desaparezca como por ensalmo y deje de existir o no tener cabida en la mismas situaciones para la misma impersonal institución donde más falta hace, donde aplaudiríamos su existencia y aplicación, donde todo el mundo lo vería, un mitin menos con el ahorro económico, personal y material que ello supondría, política proteccionista desde la máxima literalidad, política de acercamiento realista sin necesidad de prometerla ante la proximidad electoral, la mejor carta de presentación sustituyendo a palabras que el aire hace desaparecer. Seguiremos mientras elaboramos los buenos propósitos teniendo todo al cincuenta por ciento, como el contenido del vaso de café con leche, la mitad percibida es lo paradójico al contrastarlo con la otra mitad que no vemos al no existir, sólo promesas no escritas cuyo destino final es ser borradas al transformarse en fase oral.

Groundhog night

El sí parece que es en directo aunque su no es el virtual, bellísima sonrisa de buenas noches al llegar a un acto cultural al que me habían invitado en el Bar Azulejo, los ordenadores están en los domicilios de ambos seguramente apagados. La empresa es difícil, narrar su historia y publicarla, una oscura mirada, unos dulces ojos, antes sí es verdad, ahora no lo es, pura atracción narrativa, saben hacerlo, no existen otros en la ciudad, a pesar del supuesto odio la transfiguración en la vida real es totalmente inversa, ellos no lo saben, o sí, o lo creen, o se lo figuran, da igual, pero lo más anómalo es lo sucedido al encontrarme con ellos tras pedir un refresco, saludos con más sonrisas, una proposición algo extraña, el rodaje en cine o vídeo de la historia que yo narré en su día que no es otra que la de ellos mismos.
A partir de ese momento creo sentirme sin motivo algo acorralado, siempre me digo que las calle y callejones del casco antiguo de la capital revisten de cierta atmósfera laberíntica más por los hechos a suceder que por la estructura urbanística que sigue igual por el imparable transcurso del tiempo. Quizás es pensar en otra especie de iterado día de la marmota, uno de los dos lo tiene condenado al otro, eso de momento me da igual, es su vida privada y privativa que no es la mía, la preocupación más bien es la que empiezo a sentir con el vaso de coca cola en la mano, con creces supera en proporciones épicas al desarrollo de la película de Bill Murray, rodar la película o el cortometraje, yo sólo narrar y ellos graban siendo a su vez los actores de mis historia y de ellos mismos, conseguir que el lector o espectador no conozca ni la identidad real y ficticia de los protagonistas y de los operadores de cámara de rodaje, y a su vez muchos menos la del narrador, una historia en la que no ocurra nada destacable pero sí mantengamos con la conjunta labor el mantenimiento en vilo del lector o espectador. La reprimenda nadie me la va a perdonar esta vez en plena céntrica calle y a la luz del día, debo aceptar con relativa sonrisa la propuesta recibida, firmar los tres de común acuerdo un pacto de vida de ficción, no soy quién para intentar transformar la noche de viernes, lo difícil será la decoración del argumento, nada de historias amorosas que no fueron, son o serán, quizás viejas relaciones que hubo y ahora dicen que no, y con esta noche del Bar Azulejo se conviertan de repente en un tal vez, que el lector lo tenga claro y sepa lo que lea.
Al terminar la coca cola me siento muy ilusionado por su confianza en mí aunque lo que escriba no llegue a ser ni lo más exacto ni lo más acertado de cómo iba transcurriendo cada momento. Antes de contestarles sobre si acepto o no a su oferta el resto de parroquianos del bar nos miraban, la expresión de los rostros que alcancé a mirar era de hacerse los distraídos ajenos al tema, como si fuese todos estuviésemos fuera de este lugar de encuentro en plena noche de viernes.

Te pagaremos.

No, eso nunca lo consentiré.

No dejo de titubear en mis pensamientos, no sé si dejarme querer por el uno y dejarme odiar por el otro, aún así la existencia se las daré gratis, fotografías, texto, gastos o derechos de representación, pienso cuando no los veo de repente que el acto de presentación expositiva va a dar comienzo en breves momentos, el dueño del bar toma a continuación la palabra y el otro defiende su obra artística, tras el habitual agradecido con aplauso y abono del refresco en barra entro en la noche de la Calle Hurtado algo fría y demasiado solitaria, todo el calor quedó en el interior.
La suerte narrativa echada de nuevo, quieran empujarme fuera de anonimato y no quiero, rodar y protagonizar, es difícil inventar algo de la nada, y cuando diez minutos después M es enterada y puesta al día del nuevo proyecto me aconseja olvidarme del día de la marmota, un tema es verdad que está transformado en demasiado manido, me apunta que nos vayamos a aquella noche también de viernes que pasamos juntos dos años atrás en la feria de San Lucas en la que un desconocido de un puesto fijo de fotografía en una de las calles principales del ferial me llamó la atención de si era fulanico el fotógrafo (todo vale menos la denominación de fotógrafo, hacer fotos sin saber qué se hace de forma exacta no es serlo), una amistad repentina e impulsiva y con nocturnidad iluminada por las luces y sonidos de los carruseles de la feria, un nuevo amigo a la espera de la llegada de otra nueva penumbra por las calles de Jaén, la existencia de ambos sólo por mera obligación ciudadana sin razones o metas en el texto o imagen de fotografía. Termino comentándole a M que los habitantes jienitas que no nos conocen permanecerían confusos y sin el ruido de la música en el momento de rodar la película en el escenario oscurecido. A partir de ahora ya no sé qué pensar le comento.

Aperitivo invernal

Sigue el transcurso de este agitado otoño, un otoño demasiado pedagógico donde algunos párrafos de las escritas vigentes legalidades sólo son aplicables en la práctica en lo negativo y perjudicial, siendo de obligada prohibición en lo que pueda beneficiarte a pesar de las buenas intenciones de los preámbulos y exposiciones de motivos en la cabecera de esa ley, y eso que el fin de su contenido es más pensando en la mujer a no ser que el caso real que nos ocupa sea un supuesto caso transfigurable y se equivocasen de candidata donde nada resultó ser en la cualidad de “genero” esperada a lo que tuvo que haber sido cuando la vieron llegar y ahora tengan que comérsela con papas. Terminado un libro más, un libro de lectura secundaria por estas demasiadas actividades a la vez con un sinfín de inspiraciones literarias, un libro de disfrute, de historias bien narradas y que vienen de algún lado y desembocan en algo, una buena desconexión metafísica. Por fin el crítico de cuadros le expone al duque que se siente pieza de algo, una confabulación que no llega a comprender, algo que como lector tampoco comprendía, es más me surgió la idea antes de que al personaje en su propia historia, demasiado ha tardado en darse cuenta, y los lectores diciéndoselo con la lectura. Lo del ruso y hasta que se aclara la cosa ¿por qué él como liquidador? ¿es que no se fían de tantos españoles muchos ya casi con armas en la mano?, con tanto submundo resurgente con la moda del tiroteo. Da la impresión que no sólo sabe él quién es en la historia, sino también muchos de los personajes que le rodean. Entretenimiento, lectura precisa y un lujo de autor Eduardo Mendoza, lo negativo de la novela sólo sería a nivel genérico, la proliferación de novelas y demás narraciones basadas en la guerra civil o sus años antes o sus años de después.

Poemas viajeros, Poeta en la sombra de los olivos, poemas para el iniciático ignorante en a poesía, le tocó el turno a Tomás Montoro Casas, una lectura de poeta enamorado, un mismo quijote de algún narrador cervantino de su persona, no lo dice aunque yo lo imagino, todo amor, que la siente más cerca cuando se aleja, todo en lo concerniente a la lejanía de esa amada que no vemos pero que ahí está, los astros son testigos, las calles de Buenos Aires también. Todo sin ser Borges ni Cervantes.